Este es un cuaderno de apuntes personales de JOSÉ ANTONIO PALOMO MOLANO.

Haiku


La vida es árbol
que no termina en rama
sino en cielo.

Ilustración: Ana Salguero.

Haiku


Arroyos todavía cantarines
con la voz de la lluvia de la noche anterior
fluyendo entre el verde poleo.

El cernícalo primilla

Cometa sin brisa, a la luz todavía clara de la mañana, el cernícalo primilla cuelga su vuelo sobre el baldío y se lanza luego para capturar su presa. Su retorno le conduce en rápido aleteo hacia los tejados del pueblo. Su prole ya abandonó el mechinal de la torre parroquial y solicita, con penetrantes chillidos, el nutritivo langosto.

Abundantísimo en décadas anteriores en todos nuestros pueblos de llanura y prácticamente en toda España, su población ibérica ha quedado reducida a 5.000 parejas, de las que en Extremadura habitan 3.000. Cáceres y Trujillo se cuentan entre las ciudades con núcleos más numerosos, superando en ambos casos el centenar de parejas, y Plasencia, Malpartida de Cáceres, Zafra o Almendralejo mantienen e incluso incrementan también sus efectivos.

Esta pequeña rapaz diurna, la única que nidifica confiadamente en nuestros núcleos urbanos, otorga un valor añadido al patrimonio histórico-artístico de pueblos y ciudades, y es un claro ejemplo de que en Extremadura el patrimonio natural está profundamente imbricado con el patrimonio cultural. Mantener la presencia del cernícalo primilla en nuestros pueblos es tan obligado como conservar los monumentos más emblemáticos.

La cigüeña blanca

Pintura de Jose Projecto.
Acostumbrados como lo estamos tan a la presencia de las cigüeñas, lo están ellas a la nuestra, y seguramente el primer paso fue suyo. El respeto que el hombre ha manifestado históricamente hacia estas aves ha contribuido a que las cigüeñas hayan confiado sus nidos a las edificaciones humanas. Tradicionalmente han utilizado campanarios y torres, tejados, cornisas y aleros de iglesias, conventos, palacios y otros grandes edificios; pero tampoco desdeñan otros soportes más modernos, como torretas de tendidos eléctricos e incluso las grandes estructuras de señalización del tráfico. Menos acostumbrados estamos a encontrar sus colonias sobre árboles, canchales o cantiles rocosos.

La cigüeña blanca contribuye de forma especial a embellecer y mantener un ambiente natural en los cascos históricos y pueblos en general. Hasta aquí llegan a mediados o finales del invierno más de 11.000 parejas que, tras ocupar su habitual nido, alegran la primavera con su intenso crotoreo, sonido que recuerda a la preparación del gazpacho machacado en cazuela de madera. Tan original saludo repetirán también los jóvenes a lo largo de su crianza, que vemos culminar absortos ante sus desgarbados movimientos por los tejados y sus frágiles primeros saltos al aire.

Pintura de Chris Bacon.

El final del verano concentra a jóvenes y adultos en rastrojeras y vaguadas, alimentándose gracias a la abundancia de langostos. Muchas dirigirán después su blanquinegro vuelo hacia tierras africanas, pero otras, cada vez más, se quedarán en Extremadura todo el invierno.

Los cambios en nuestro sistema de vida y, sobre todo, la mejora de la calidad de vida han modificado nuestra manera de consumir, debido a lo cual producimos una gran cantidad de residuos orgánicos. Esos restos que antes cada cual aprovechaba para el engorde de ganado o abono del huerto, ahora se arrojan por kilos diariamente al cubo de la basura. Las cigüeñas blancas y otras especies, como garcillas y gaviotas, aprovechan los vertederos de residuos sólidos como fácil y abundante comedero durante los meses fríos en los que faltan otros recursos. Probablemente este ha sido uno de los principales factores que han contribuido a la recuperación poblacional de la especie, y seguramente el futuro reciclaje de los residuos sólidos orgánicos provocará un nuevo ajuste en sus efectivos, ahora reduciéndolos.


Pintura de Robert Bateman.

El medio construido

 Fuente de Cantos. Acuarela de Antón Hurtado.


Los pueblos y ciudades de Extremadura son todavía de la talla del hombre, donde la actividad diaria no se supedita al tamaño ni las distancias. Reflejan nuestros cascos urbanos aún la estructura de otros tiempos y así se apiñan los pueblos mirando sus casas hacia la fortaleza protectora del cerro, abren sus principales vías a las callejas y caminos que distribuyen personas y ganados a las distintas propiedades, buscan las principales calles y casas amparo religioso en la proximidad de la prominente iglesia,... Y en función de la comarca encontramos distintas tipologías en las calles, empedradas algunas, estrechas la mayoría, y en las viviendas. En la montaña dominan las construcciones de dos pisos, en zonas de llanura la casa reproduce un concepto más romano de la vivienda, con patio central que distribuye los aposentos. Se mantienen todavía vivos algunos barrios judíos, como el de Hervás, y conjuntos medievales de excepcional importancia histórica y estética, como Cáceres, Plasencia y Trujillo. Los materiales empleados en estas construcciones han sido el adobe y la madera en los pueblos serranos, la piedra y el hierro forjado en los núcleos medievales, la cal nívea en las casas señoriales y en las humildes viviendas, la teja árabe siempre cubriéndolo todo.

Galisteo. Acuarela de Antón Hurtado.

Calles empedradas, paredes de piedra, macetas y plantas silvestres, patios y huertos de intramuros, oquedades minúsculas y mechinales, aleros, balconadas, chimeneas de enorme y bellísimo porte, fuentes y pilones, mar de tejas con millones de cobijos, campanarios y torres dominantes,... Esta diversidad de sustratos y soportes ha permitido a un gran número de especies faunísticas asentarse y vivir entre los humanos, utilizando también, en el caso de las aves, el entorno inmediato, pues aquí no hay extrarradios ni zonas de transición: el campo entra de lleno a los pueblos de Extremadura.

Las especies que utilizan este ambiente antropógeno también se encuentran en hábitats más "naturales", pero algunas de ellas están secularmente unidas a nuestros núcleos urbanos. Abundan, por ejemplo, gorriones y estorninos, que aprovechan cualquier resquicio para nidificar, y son mensajeros de la primavera las golondrinas, los aviones y los vencejos. Estos últimos aletean vertiginosamente en bandos, seguidos siempre por su penetrante chillido, mientras capturan al vuelo los diminutos insectos alados. El vencejo real, menos frecuente que el común, prefiere puentes como los romanos de Mérida y Medellín o medievales como los de Plasencia, encontrando hueco suficiente para nidificar entre los bloques de granito. Los edificios de cantería, palacios, iglesias y fortalezas, son preferentemente utilizados por grajillas, cernícalos primillas y cigüeñas blancas.

Golondrina común. Ilustración de S. Turvey.
Durante la noche se puede escuchar el intrigante reclamo de la lechuza o adivinar su vuelo blanco sobre los tejados. En huertos y jardines, y dependiendo de la época del año, se llega a observar un gran número de especies aladas, pero las más habituales son los colirrojo tizón, mirlo, jilguero, petirrojo, herrerillo común, mosquitero común,... Los mamíferos, por sus requerimientos y hábitos, incompatibles en la mayoría de los casos con las características de los núcleos urbanos, sólo están representados por murciélagos, que en las calurosas noches veraniegas llegan a entrar en las ventiladas habitaciones en busca de insectos, y roedores. Zorros, ginetas y comadrejas campean también por las solitarias calles y patios durante la noche tranquila del pueblo. Antes de que el sosiego llegara definitivamente, mientras los vecinos han hecho corros en los umbrales agradeciendo la fresca marea, las blancas paredes han sido visitadas por las salamanquesas común y rosada. En torno a las farolas se dibujan sus pequeños cuerpos, al acecho de las mariposas nocturnas que aletean incansables golpeando la luz del farol. Viejas patrañas afean a estos insectívoros e inofensivos animales, que la ignorancia popular llama "saltarrostros". Durante el día la lagartija colilarga es frecuente en suelos y paredes, mientras que la ibérica utiliza los tejados. Hasta el lagarto ocelado puede verse sobre la rugosa tronca de los olivos y, acechando nidos y jaulas, la culebra de herradura, popularmente conocida como “alicante” y a la que se le adjudica una falsa peligrosidad, pues es inofensiva para el hombre.

Lechuza. Pintura de Manuel Sosa.


La cigüeña negra

Algunos kilómetros aguas arriba han dejado atrás su viejo nido donde este año han logrado criar tres pollos que ahora vuelan cicleando junto a ellas. La experimentada pareja de cigüeñas negras vigila desde lo alto las maniobras de los jóvenes mientras se aproximan al habitual lugar de encuentro con sus vecinas.

Pintura de Jose Projecto.

Agosto. El embalse, a pesar del gratificante cauce que recibe, insuficiente a todas luces, pierde capacidad debido al consumo y al elevado nivel de evaporación que sufre su desprotegida y plana superficie. Un islote ha quedado al descubierto y decenas de cigüeñas negras aprovechan tan seguro buque. En las someras orillas algunas intentan capturar peces y cangrejos, mientras las más se dedican con esmerada paciencia a acicalar su plumaje. Totalmente negras si no llegamos a observar su blanquísima parte inferior, el sol impregna de brillos verdosos y purpúreos su oscura librea, resaltada por el rojo intenso de pico y patas en los adultos.

A las puertas del otoño las cigüeñas negras pondrán rumbo al estrecho de Gibraltar y sólo unas pocas se decidirán a afrontar el invierno en Extremadura. Mientras algunos países centroeuropeos recuperan a esta bellísima ave gracias a la expansión de las nutridas poblaciones del este, en Extremadura sobrevive el grueso de los efectivos ibéricos, reproduciéndose en la región más de 170 parejas, lo que representa casi el 60% de la población española. Debido a este relativo escaso número y a sus preferencias por enclaves tranquilos y agrestes, la cigüeña negra suele pasar desapercibida para aquellos que la suponen tan observable como la cigüeña blanca. Sin embargo, existen lugares de nidificación muy apropiados para gozar con sus vuelos y proceso de reproducción, como es el caso del Salto del Gitano, enorme roquedo al pie de la carretera enclavado en el Parque Nacional de Monfragüe.

La nutria

El rugiente sonido de las cristalinas aguas se va apagando a medida que éstas dejan atrás los angostos cauces de la sierra y se abren camino, parsimoniosamente, entre las dehesas y anchos valles. Un murmullo refrescante se desliza entre el espeso soto de fresnos, alisos, zarzas, juncos,... A la caída de la tarde un movimiento se adivina junto a la orilla antes de escuchar el ligero chapoteo de las nutrias. Penetrantes silbidos y bufidos acompañan sus ágiles juegos, zambulléndose ahora, resurgiendo con ruidosa alegría desprovista de toda precaución.


Pintura de Manuel Sosa.

La pareja de nutrias, agitada por el ardor del celo, que puede producirse en cualquier época aunque preferentemente en primavera, prescinde del sigilo que la hace pasar desapercibida el resto del año. Sus hábitos convierten a la nutria, como también a otros muchos mamíferos, en una de las especies menos observadas, y, sin embargo, su presencia en los ríos y arroyos de Extremadura es habitual. Restos, huellas, excrementos y señales nos sirven como claros indicios para detectar la existencia de determinadas especies en enclaves concretos. La nutria marca sus longilíneos territorios a lo largo del cauce depositando sus excrementos en puntos prominentes de la orilla y, gracias a su análisis, podemos comprobar que se alimenta de peces, ranas, galápagos, culebras de agua, mejillones de río y, sobre todo, cangrejos americanos.

Si durante el siglo XIX fue la intensa caza el factor que provocó el declive en toda su zona de distribución, a partir de la década de los sesenta del siglo XX ha sido la alteración de su hábitat el desencadenante de la desaparición de la nutria en muchos ríos de Europa. Afortunadamente, Extremadura, libre de agresivas contaminaciones industriales en la mayor parte de su territorio, ha mantenido la población de nutrias en ríos, arroyos, charcas y lagunas. Una vez más se demuestra así que no basta con proteger a las especies para conseguir conservarlas, es imprescindible también mantener sus hábitats.