Los últimos lobos de Peñas Blancas (Segunda parte)

La comitiva entró al pueblo aquella tarde cargando con el lobo muerto pocas horas antes de la llegada de los Reyes Magos, aunque en 1965 estos no hacían acto de presencia ni en calles ni en la mayoría de las casas. Al día siguiente, Manuel Moreno y su primo Manolo Flores le pidieron a Isabel Moreno una burrina negra sobre la que cargaron la loba, a la que colocaron un palo en la boca para mantener las fauces bien abiertas, dándole así un aspecto más fiero. Enseguida se fue arremolinando gente en torno a ellos, niños y mayores vestidos de festivo en la soleada mañana del miércoles 6 de enero. Uno de los niños, Jeromo, solicitaba algún premio para los loberos, y recogía alguna perra gorda, unos reales o hasta pesetas, que hacía sonar en una bolsa de tela. En un par de ocasiones, Félix Cerrato Trinidad, primo de Pedro el mayoral, detuvo la marcha del grupo y realizó al menos dos fotografías. Pasearon su trofeo sin saber que esta sería la última vez que un lobo, vivo o muerto, recorrería las calles del pueblo. La festiva mañana terminó en la taberna, donde el “montañés” (tabernero) les convidó las rondas en gratitud por el servicio prestado a la comunidad, pero también porque su presencia atraía a una numerosa clientela que escuchaba la historia de la batida entre trago y trago, haciendo gasto.

El paseo del lobo por La Zarza el día de Reyes de 1965. Foto: Félix Cerrato

Identidades.
         Mientras La Zarza rebullía con el paseo del lobo, en Alange, aprovechando la jornada festiva, tres amigos salen a cazar alguna liebre para celebrar el día de Reyes. Se han citado a las puertas de la fragua de los Carrillo, por debajo del Cancho de la Picota. Allí se encuentran Ignacio el Calvete, haciéndose acompañar de sus galgos, Quico el Retratista y Pedro Carrillo Méndez, uno de los tres hermanos que, junto a su padre, regentan la fragua. Pedro, de 39 años, silba a sus podencos para que se pongan en marcha y Tabaco, Felipe y la Mora enfilan nerviosos en dirección a Palomas. Quico y Pedro van armados, escopeta al hombro, aunque en el caso del herrero lo que porta es un artilugio singular. En una de sus habituales visitas a la chatarrería La Posada de Almendralejo para abastecerse de metal, Pedro se fijó en un viejo trabuco, marcado con las iniciales SMM, y no dudó en echarlo a la carga. Algún oficio daría, pensó. Con sus habilidades de herrero soldó al corto cañón un tubo del cuadro de una vieja bicicleta y aquella arma, antes defensiva, quedó convertida en una rudimentaria escopeta.
José, Pedro y Esteban Carrillo en la fragua de Alange, en 1970.
      Los tres baten por separado, tratando de evitar el control de los guardias. Cuando Pedro llegó al regacho de Tío Carlos, una pequeña vena del Palomillas por su margen derecha, los perros olisquearon el aire y corrieron ladrando hacia la barrera de tamujos que cercaba el pequeño arroyo. Pronto, un lobo asomó las orejas y se desvaneció corriente abajo. Aunque Pedro lo desconocía, resulta evidente que era el mismo lobo herido la tarde anterior durante la batida de Manuel Moreno y los demás, que se había producido muy cerca de allí. El lobo había bajado hacia Las Gregorias y después se emboscó entre los espesos matorrales del regacho, tratando de recuperar fuerzas y tal vez esperando el reencuentro con la pareja, que nunca llegaría. Pedro se encontró con el lobo, que le miraba desde el otro lado del arroyo sin apoyar una de las manos, encogida y herida. A pesar del apaño de Pedro, su falsa escopeta seguía siendo un arma de avancarga, y si fallaba el tiro no tendría tiempo de preparar un segundo disparo, así que decidió no tirar. Pedro vio cómo a la altura del Cerro Perdiguero el lobo cruzó la carretera, adentrándose enseguida en el soto del Palomillas, donde se perdió para siempre.
      Meses después, cuando Pedro Trinidad acarreaba la piara de cabras a la ribera del Palomillas para mitigar los calores del verano, encontraría los restos del lobo, «como un cartón». El animal se había guarecido entre fresnos y zarzas, a la altura del Pasil de la Arena, aguas abajo del Cerro de la Atalaya, donde había muerto.
      Pedro Carrillo tiene un recuerdo de su infancia, que a sus 90 años me cuenta con la peculiar memoria de quienes vivieron tiempos difíciles, y que curiosamente guarda cierta relación con la de los últimos lobos de Peñas Blancas. Ochenta años atrás, en 1936, cuando Pedro llegaba a su primera década de vida, salió a por leña junto con un par de zagales, Ricardo el Pelao y Francisco Rodríguez. Cada uno de ellos se había agenciado una bestia: Pedro, un burro de su tía Felisa, Ricardo, una burra de su abuela, y Francisco, «un burro más grande que una mula». En la solana de Peñas Blancas se dedicaron a cortar jaras y, en haces, las cargaban a lomos de sus animales. En la tahona del pueblo conseguirían al trueque tres o cuatro panes, pues la jara era un buen combustible para el horno panadero. Cuando regresaban, la perrina manca de Pedro se metía nerviosa entre sus piernas, y pronto descubrieron el motivo de su miedo. De la cerca de la Huerta La Miera, donde había un caballo atado, saltó un lobo y, tras aullar, aparecieron otros dos. Los muchachos arrearon a sus bestias, huyendo de los lobos que se les acercaban. En la carrera vieron a Pedro Trinidad, cabrero y padre del mayoral de nuestra historia de 1965. A las voces de alarma del grupo, el pastor azuzó a sus tres mastines contra los lobos, que se dieron a la fuga ante los agresivos perros, cuyo fiero aspecto acentuaban las carlancas y sus orejas y rabos cortados. Reunido con los muchachos, el pastor les ayudó a reafirmar las cargas de leña, destartaladas por la brusca carrera, mientras se alegraban de haber escapado de un peligro seguro, sobre todo para las acémilas, que a veces eran presa de los lobos.
      Pero volvamos a La Zarza, donde la mañana de Reyes de 1965 termina, pero el paseo del lobo continúa camino de Villagonzalo. Un alegre grupo apura el paso por la carretera hacia el pueblo vecino. A Manuel le acompañan su primo Manolo, Pedro Trinidad, Juan Francisco Romero y Jeromo. El lobo preside el cortejo, encaramado en el burro. Enseguida se corre la voz por el pueblo y la gente sale a la calle, animando la tarde desoficiada. En el recorrido van recaudando algunas monedas, hasta que Manuel reconoce a alguien asomando su curiosidad al umbral de la puerta. Es Diego, el hijo del difunto Fernando Mancha. No es extraño que inicialmente no reconozca a Manuel, pues éste era un niño cuando abandonó la finca de Guareña. La alegría del reencuentro aumenta cuando Diego saca de su cartera un billete de 25 pesetas, que entrega para los loberos, llenando de asombro a los vecinos arremolinados en torno a la escena.
      Pero la verdadera recompensa llegaría al día siguiente, el jueves día 7, pasadas ya las fiestas, cuando el mismo grupo a excepción de Jeromo, tomó el camino a Oliva de Mérida, por el pie de la umbría de Juan Bueno. En esta ocasión, además de pasear al lobo por la localidad, se dirigirían al Sindicato (Cámara Agraria) de la Oliva, donde, mostrando el lobo, recibirían un premio en metálico. En 1953 el Ministerio de Agricultura había creado las Juntas Provinciales de Extinción de animales dañinos, que tenían entre sus objetivos «premiar a los alimañeros y a cuantos demuestren de modo fehaciente su aportación a la lucha contra los animales dañinos». En la provincia de Badajoz la Junta de Extinción nació en noviembre de 1954, indicándose en su reglamento que pretendía «organizar, impulsar y fomentar por todos los medios posibles la persecución y total extinción de los animales dañinos». Por este motivo, la captura de los lobos no solo era legal, sino que debía premiarse por la Administración. De hecho, solo en la provincia de Badajoz y entre 1954 y 1962 se pagaron 58.917 pesetas por 79 lobos capturados. Una vez en el Sindicato, y tras cortarle las dos orejas al lobo para asegurarse de que no se volvería a utilizar para cobrar la recompensa en otro lugar, Manuel y sus compañeros recibieron 500 pesetas de premio. La piel del lobo fue curtida en La Zarza por Quico Macías y la conserva Francisco Trinidad, nieto de Pedro. Aunque ha perdido el rabo, se puede estimar que el lobo medía aproximadamente 160 cm de longitud.
      La historia de los últimos lobos de Peñas Blancas debió ser similar a otras tantas en las diferentes comarcas extremeñas donde el lobo sobrevivió hasta mediados de la década de 1960. La extinción del lobo, de hecho, fue generalizada en gran parte de la península Ibérica en esa época. La desaparición del lobo ponía fin también a un modo de vida, a una cultura rural que conectaba al hombre con el medio natural, aunque delataba el atraso económico y las desigualdades sociales. Pero el lobo no fue víctima del mundo rural y de los intereses agroganaderos, con los que había bregado desde siempre, sino de los profundos cambios socioeconómicos que España comenzaba a desarrollar. Si merece la pena conocer y divulgar aquella cultura rural casi perdida, también el recuerdo del lobo debe formar parte de nuestro patrimonio intangible, íntimamente relacionado con las vivencias de nuestros mayores. A ellos, mi más sincero agradecimiento por haberme permitido escuchar de su voz estas entrañables historias.

Artículo publicado en Hoy La Zarza

Los últimos lobos de Peñas Blancas (Primera parte)

Tan solo cuatro días atrás se había celebrado la llegada del nuevo año. Aquel 1965 sería un año más, aunque se esperara de él, como siempre, todo lo mejor. Era lunes, pero para un pastor no era peor día que cualquier otro de la semana. La tarde cayó enseguida y las sombras apagaron por completo el monte, sin un resquicio de luz en la primera noche de luna creciente. Ni siquiera se adivinaban las peculiares pedrizas blanquecinas de la sierra en la umbría de los Soria. Allí, en el corral de cancillas, Pedro el mayoral ha recogido su hato de cabras. En la penumbra del pequeño chozo unas ascuas alumbran el cañón de la escopeta que descansa en aparente vigilia junto al mayoral que duerme. Fuera, las cabras dormitan también, y solo un armonioso campanilleo delata sus movimientos de cuando en cuando. Su tranquilidad parece asegurada por los robustos mastines, aunque a ratos estos también se rinden al sueño, tumbados al abrigo de una encina y arrebujados para mantener la temperatura en la fría noche. En sus cuellos destacan las poderosas carlancas, anchos collares erizados de pinchos de hierro para rechazar las dentelladas de los lobos. Y precisamente esa noche, viento en contra para no delatarse, dos lobos se aproximan al corral, arrastrando el lomo entre los matorrales. Su ataque fulminante es alertado por los balidos y las despavoridas carreras de las cabras, seguidos de inmediato por los roncos ladridos de los perros, que no alcanzan a ver cómo un chivo es apresado por uno de los lobos. La amenaza de los perros y la fácil captura les animan en su huida. Para cuando Pedro sale a mitad de la noche, dispuesto a disparar sobre los intrusos, ya solo queda la algarabía de cabras y perros, envueltos en la oscuridad casi absoluta.

Pedro Trinidad, el mayoral, preparando una caldereta. Foto: Félix Cerrato.

            En la Península Ibérica, el lobo (Canis lupus signatus) suele vivir en solitario o en pequeños grupos (2-4 individuos) durante los meses invernales. En ese tiempo se desplazan una docena de kilómetros diarios, aunque suelen permanecer tres o cuatro jornadas en la misma zona. El día lo pasan encamados, reposando, y cazan durante la noche. Los lobos que atacaron el corral de Pedro probablemente formaban pareja, aunque el celo no comienza hasta febrero. Como era previsible, no abandonaron la zona.
            Hace algún tiempo, unos alumnos del instituto Tierrablanca me trajeron un par de fotografías donde aparecía un lobo abatido y me contaron algunos detalles inconexos. Tras algunas indagaciones he podido hablar con Manuel Moreno Flores, uno de los protagonistas de la batida que acabó con los últimos lobos de Peñas Blancas. A finales de abril entré en su casa y lo encontré sentado a la mesa camilla. Enseguida me contó que tenía 87 años y que su salud estaba acosada por múltiples achaques, a cual más grave. Sin embargo, su apretón de mano, su postura erguida y su charla incansable y despierta parecían llevarle la contraria. Lamentó no poder acompañarme a los lugares a los que enseguida haría referencia, pero su relato fue muy intenso, dando la impresión de que había vivido todo eso tan solo unos días atrás. Su mujer, Encarnación Amado, nos acompaña a ratos y escucha en silencio, recordando también aquellos tiempos.
            Manuel nació en 1929, en los últimos meses de la dictadura de Primo de Rivera, y su infancia quedaría marcada por los duros y trágicos años de la Segunda República y la Guerra Civil. En el sobre donde guarda las dos fotografías que me pusieron sobre su pista hay unas palabras escritas de su mano y se excusa por la letra, a pesar de que es una escritura clara y firme. Pero Manuel solo asistió a la escuela unos pocos meses, en el caserío de la finca de Fernando Mancha Merino, el único propietario del entorno que dispuso una escuela a la que asistían sus hijos y los de los trabajadores. En esta finca de Guareña trabajó como pastor el padre de Manuel durante 26 años y allí nacieron él y sus cinco hermanos. «Sin edad y sin tiempo», dice Manuel, cuando tenía cinco años su padre le mandaba a guardar las cabras. En los últimos meses de la República, durante el gobierno del Frente Popular, la conflictividad en el campo extremeño se agudizó, y algunos casos de violencia política local acabaron ahuyentando a la joven maestra del cortijo de los Mancha, aunque Manuel tuvo tiempo de aprender a escribir. Sin embargo, enseguida abandonaron todos la finca, pues su propietario, y otros 80 vecinos de Guareña, serían fusilados por las milicias republicanas en los primeros días de la Guerra Civil.

Manuel Moreno y, montado sujetando el lobo, su primo Manolo Flores. Foto: Félix Cerrato.
            En cuanto amaneció el martes día 5, el mayoral notó la falta de un chivo en el hato. Era evidente que los lobos se lo habían llevado. Pedro recordó aquellos lances que su padre le contaba en torno a la lumbre. Hasta once lobos abatió en esos montes años atrás, en una lucha continua por defender el ganado. Ahora era el momento de Pedro, y no podía dejarlos escapar. Rápidamente se dirigió a La Zarza para organizar la batida, pero el trabajo les impidió ponerse en marcha hasta la tarde. El grupo salió del pueblo a paso ligero y, al cruce del arroyo de La Calera, ya tenía definido su plan. Los puestos de puerta quedarían cubiertos por cuatro hombres: el mayoral, Pedro Trinidad Gil, su hermano el guarda de la finca, Manuel, que lucía su bandolera de cuero en cuya placa podía leerse “Peñas Blancas”, Juan González Flores y nuestro relator, Manuel Moreno Flores. El primo de este último, Manolo Flores, y Antonio Coronado serían los batidores, y caminaban sin armas junto al grupo acompañados por un par de perros.
Ascienden por la ladera de la finca, propiedad de Fernando Rengifo Fernández de Soria, entonces alcalde de Villafranca de los Barros y presidente de la Comisión de Hacienda y Economía de la Diputación de Badajoz. Según van subiendo, Manuel puede ver los bancales repletos de almendros aún desnudos y olivos todavía en recolección. En la parte más baja la vegetación dibuja la brecha del arroyo de Las Molineras entre algunos huertos y naranjos. Recorre con su mirada el pueblo, con humeantes chimeneas, el Cerro Calvario y la profunda zanja blanca de las minas de Juan Bueno. Más allá, hacia Oliva de Mérida, las laderas aterrazadas, arrasadas por las máquinas, donde se adivinan esos eucaliptos que están plantando por todas partes. Igual que los cabreros se quedan sin montes donde pastorear, también los lobos ven reducidas sus áreas de campeo y sus presas. Quién sabe si no es por este motivo por el que los lobos se están dejando ver últimamente, removidos de sus territorios antes montaraces.
Una vez apostado en la solana de Sierra Buitrera, a la altura de la raya del término, Manuel observa la pedriza que se derrama entre espesos matorrales, atento a cualquier movimiento. Trata de mantener el máximo campo de visión bajo control, lo que para él no es fácil, pues perdió la vista del ojo izquierdo once años atrás. La tarde, al menos esto les favorece, está parada bajo un cielo azul y despejado. Las voces de Antonio y Manolo, los batidores, comienzan a escucharse ladera arriba, en ruidosa confusión con los ladridos de los perros. Si los lobos siguen aquí, pronto tendrán que salir de su escondite y, por instinto, intentarán trasponer la sierra. Manuel aguarda vigilante a medida que escucha más cerca los ladridos de los perros y reconoce en ellos a su podenca, la Linda. Como sabrá después por los batidores, fue ella la que finalmente levantó a los dos lobos, que estaban acostados en el Cancho del Buitre, a la caída del Picazo de Peñas Blancas. Pasaron por delante de Manuel como una exhalación, brincando por la pedriza monte arriba, y aunque reaccionó a tiempo de tirarles, la escopeta le falló. Los dos cartuchos, que él mismo fabricaba, se negaron a responder. Tampoco Juan pudo tirarles, aunque los tuvo muy cerca. El mayoral, sin embargo, avisado ya, consiguió realizar dos disparos, hiriendo a ambos animales. Los cuatro postores corrieron tras los lobos. Manuel saltaba ágil, con la energía de un hombre fuerte y acostumbrado a patear el campo durante los 36 años que llevaba a sus espaldas. Ya arriba, la loba que Manuel perseguía se detuvo, agotada y herida, y saltó sobre una peña. Jadeaba, dejando ver la potente dentadura. Sus ojos amarillentos, casi cerrados. Vencida. Manuel encaró la escopeta y disparó. Estaba tan cerca que fue suficiente con un cartucho del cero. El otro lobo, un macho también herido, retornó azuzado por la Linda y se dispusieron a ir tras él, pero se introdujo en una zona de nueva repoblación de eucalipto y Manuel Trinidad, el guarda, no les permitió seguir el rastro para evitar daños a la plantación. El lobo trotó la quebrada abajo hasta el juncal de Las Gregorias, donde se perdió de vista. Reunidos junto a la loba muerta, enseguida la abrieron y vaciaron, comprobando que aún había restos del chivo en la “molleja” del animal. Antes de coserlo lo rellenaron con cogollos de jara, después lo cargaron entre dos y pusieron camino al pueblo, todavía agitados y comentando los detalles del lance, mientras el día comenzaba a decaer.

Manuel Moreno con la piel del lobo cazado. Foto: José Antonio Palomo.
Artículo publicado en HOY La Zarza.

Keshi




Entre los verdes trigales
que el suave viento mece,
una luminosa amapola.