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La Cañada Real Trujillana I

Antes de poner pie a tierra, el viajero ha querido ilustrarse sobre el camino que se dispone a realizar, y como si de otros artilugios se tratara, echa al saco las respuestas a algunos de los interrogantes que le asaltaron nada más decidir el trayecto: ¿qué camino es éste y desde cuándo ha servido de vía de comunicación?
El viajero, sentado a la luz clara de una mañana de primavera en la Plaza Mayor de Trujillo, repasa sus notas. Desde la prehistoria, estas tierras trujillanas han estado habitadas por el hombre, y constancia de ello son los abundantes yacimientos calcolíticos (muy concentrados en torno al río Tamuja), poblados, pinturas esquemáticas, estelas decoradas y esculturas zoomorfas de la Edad del Bronce y castros de la del Hierro. Desde el sur, y superando el río Guadiana por el vado de Medellín, se establecía contacto con la zona de Trujillo a través del Puerto de Santa Cruz. Esta vía natural de la prehistoria continuaba hasta el río Almonte (donde existían al menos dos castros junto al lugar de paso) y, a buen seguro, seguiría camino al norte utilizando la penillanura, vasto corredor vigilado desde las alturas adyacentes. Entre los lugares más estratégicos se encontraría Monfragüe, que además ejercería el control del vado del río Tajo, desde donde se accedería al norte de la actual Extremadura, dando paso hacia la meseta a través de los valles del Jerte y del Ambroz. La relación que esta vía natural y los asentamientos próximos tenían con la cultura ganadera puede ser rastreada tanto por el medio físico donde están ubicados los castros (cerros de riberos y cimas de sierras de escasas posibilidades agrícolas, pero de enorme potencial ganadero) como por los indicios arqueológicos encontrados (profusa representación de fauna doméstica, con restos de ovejas, cabras, bóvidos, cerdos y équidos), a lo que hay que sumar los hallazgos de verracos, representaciones de toros, jabalíes y cerdos que serían utilizadas como puntos de referencia para los pastores trashumantes. El mismo papel podrían haber desempeñado las estelas decoradas de la Edad del Bronce que, aunque vinculadas al mundo funerario, podrían constituir también hitos de vías ganaderas y rutas comerciales. En Torrejón el Rubio se han encontrado cinco estelas (tres de ellas se conservan en el Museo Arqueológico Provincial de Cáceres y otras dos permanecen en la localidad de origen), por lo que cabe adivinar la importancia de Monfragüe como zona de control de esta vía de comunicación, subrayada por una posible fortificación en la ubicación del castillo y, sobre todo, por la abundancia de pinturas esquemáticas, de las que se han encontrado numerosas estaciones distribuidas por el área del Parque Nacional.



Estelas de Torrejón el Rubio (Dibujos de José A. Palomo)
Este trayecto fue aprovechado también por los romanos, que conectaron Metellinum (Medellín) con Turgalium (Trujillo) y Capera (Cáparra) utilizando los mismos vados del Guadiana y el Tajo. Si la trashumancia de largo recorrido había sido hasta entonces una dudosa posibilidad dada la división territorial y la probable conflictividad entre los distintos grupos, con la conquista romana la trashumancia adquiere carta de naturaleza gracias a la unificación territorial y del poder político.
Esta unidad quedó de nuevo rota durante la conquista árabe, pero la trashumancia renació con fuerza tras la expansión cristiana, utilizando los monarcas a pastores y rebaños como medio de repoblación de las tierras que, prácticamente deshabitadas, iban quedando en sus manos. Estas tierras de nadie, más allá del río Duero (extremadurii), fueron entonces destino de los ganaderos montañeses para su invierno trashumante, que comenzaba en San Miguel (21 de septiembre) y finalizaba alrededor de San Juan (24 de junio). Aquí, tras las parideras, separaban a las madres y enredilaban a los corderos, lo que se conocía como “extremar el rebaño”, siendo estas tierras, por tanto, el “extremadero”. La necesidad de proteger a los rebaños, incluso con escoltas armadas, fue el origen de la fundación del Honrado Concejo de la Mesta por Alfonso X en 1273, que sería defendido por los monarcas en sus continuos enfrentamientos con los agricultores y pastores estantes de Extremadura. Al mayor apogeo, alcanzado en la época del imperio español (con más de tres millones de cabezas de ovejas merinas), le siguió una época de crisis tras la Guerra de la Independencia y acabó por desaparecer bajo la desamortización de 1836.
Los movimientos del ganado se realizaban a través de vías pecuarias, cuya longitud total se encuentra actualmente en 125.000 kilómetros, siendo las principales las cañadas reales, con 90 varas (75 metros) de ancho. Una de estas últimas es la Cañada Real Trujillana, también conocida como de la Plata, del griego platys (camino ancho) o del árabe al-Balâtâ (la calzada). Partiendo desde Trujillo se dirige hacia el norte y atraviesa Monfragüe, coincidiendo con las vías naturales utilizadas en la prehistoria, hasta Plasencia. Desde aquí se adentra en tierras castellano-leonesas, pasando por Béjar, Salamanca, Zamora, Benavente, La Bañeza y Astorga. Tras superar el río Órbigo a través del Puente de la Vizana (que también da nombre a la Cañada Real) concluye su trayecto en los Montes de Babia (donde permanecen los despistados y soñadores) y Sierra de Gistredo.
A pesar de que Jovellanos, en un informe al Consejo de Castilla a finales del siglo XVIII, afirmaba: “Oblíguese a una sola de estas cabañas a permanecer todo el verano en Extremadura, o todo el invierno en los montes de Babia, y perecerán sin remedio”, lo cierto es que un siglo más tarde sólo realizaba trashumancia el 3,6 por ciento del rebaño lanar extremeño, dato que resulta esclarecedor para comprender el estado de abandono de las vías pecuarias. A esta situación contribuiría la apertura de la línea de ferrocarril que unía la Alta Extremadura (estación de “Palazuelo-Empalme”, hoy “Monfragüe”) con Astorga en 1896, ya que ofrecería tarifas reducidas para el transporte del ganado.
Este, pues, será el camino que lleve a nuestro viajero desde Trujillo hasta Plasencia, en un viaje de 80 kilómetros en dos etapas a vehículo y atravesando el Parque Nacional de Monfragüe a pie.

La Cañada Real Trujillana II

De Trujillo a Torrejón el Rubio


El viajero emprende la marcha, dejando en el cuarto de su hospedaje las prisas y el coleccionismo, asuntos estos que degradan el viaje. A ritmo lento inicia la senda por las empinadas calles de Trujillo que le llevarán hasta el cerro Cabezo de Zorro, asiento de la prominente alcazaba. Esta monumental ciudad, declarada conjunto histórico-artístico en 1962, tuvo su origen en un castro vetón ubicado en el solar citado y adquirió relevancia a principios de nuestra era como prefectura de Emerita Augusta al ser designada ésta capital de la Lusitania romana, habiéndose hallado más de veinte asentamientos localizados en un radio próximo a la Turgalium romana.

La ciudad queda en manos de los árabes a finales del siglo IX y éstos, bajo el empuje califal, inician la construcción de la imponente acrópolis murada sobre la que el viajero pasea ahora conmovido por su solidez, que contrasta con la extensa y mansa planicie que domina. Desde su extraordinaria protección, los árabes, según sus propias fuentes, “hacen continuas incursiones en el país de los cristianos”. A la potente línea que representaban las alcazabas de Alcántara, Cáceres y Trujillo, a la que también contribuía la de Al-Mograf (Monfragüe), se unía el Tajo, magnífico foso defensivo, muy a pesar de lo cual Geraldo Sempavor, el Cid portugués, se hace con la plaza trujillana en 1165. Por poco tiempo, pues sería recuperada cinco años más tarde por los almohades hasta la definitiva reconquista a manos de Fernando III el Santo, el 25 de enero de 1232, contando, según relata la leyenda, con la ayuda de la Virgen, aparecida triunfalmente sobre las murallas, llevando en brazos a su Hijo. Todavía hoy, pero en imaginería de granito policromado, puede verse a Nuestra Señora de la Victoria incrustada en el lienzo principal de la muralla. Aunque con continuos avatares y enfrentamientos, la villa permanece como realengo y será, bajo el auspicio de los Reyes Católicos, capital de la provincia de Trujillo, que junto con la de León constituirían el actual territorio de Extremadura. El viajero vislumbra ahora desde el artificial barranco de las torres almenadas el pago dominado, alcanzando a ver las sierras de Monfragüe a las que dirigirá sus pasos y, mucho más cerca, contempla el mar de tejados que cubre la ladera y los monumentales edificios de granito sobre los que nidifican cigüeñas blancas, cernícalos primilla (hay en Trujillo una colonia muy nutrida, con más de 100 parejas), vencejos, aviones, golondrinas,... y todos aletean y chillan animando los cielos de esta antigua ciudad.

Dirigiendo sus apagados pasos hacia la parte baja, el viajero se ve obligado a detenerse continuamente para disfrutar de los palacios, casonas señoriales y edificios religiosos que jalonan su recorrido. Entre los últimos destaca la parroquia de Santa María la Mayor, levantada en el siglo XIII sobre el solar de la mezquita, con torre y ábside tardorrománicos, y reconstruida a partir del siglo XVI. En la Plaza Mayor el viajero recorre los soportales, con arcos de medio punto sobre pilares, donde se intercalan las construcciones domésticas de tipo popular con los edificios nobiliarios, y a su sombra conservan aún sus nombres los portales del Lienzo, del Pan, de la Verdura,... Sobre los de las Carnicerías se construyó a mediados del siglo XVI el Palacio de los marqueses de la Conquista, al que da nombre su promotora y primera dueña, Francisca Pizarro, hija del conquistador predilecto de la villa. Al extremo opuesto donde el palacio abre magnífico balcón de esquina, o tal vez mirándole desde aquí, el aventurero jinete cabalga en bronce desde que los escultores norteamericanos C. Rumsey y su mujer M. Harriman donaran su obra en 1929.
El viajero, que de no ser perezoso o dispusiera de más energías y tiempo hubiera preferido la tranquila marcha de la bicicleta, se acomoda al volante de su coche no sin alivio, pues tiene por delante 40 kilómetros hasta llegar a Torrejón el Rubio.

Entre paredes de piedra sale al campo y, llegado a la Charca del Estanque, se encuentra de pleno con la Cañada Real, pues el firme de la carretera ha sido colocado justo sobre la vía pecuaria a lo largo de 5 kilómetros. Una primera parada al pie de la calzada, atraído por los cernícalos que aletean, ciernen, caen sobre diminutas presas y se posan en los postes próximos, también le permite al viajero echar la vista atrás y contemplar con perspectiva el recortado alcázar. Enormes bolos de granito afloran en todo el paisaje, haciendo buena la copla popular: “Si fueres a Trujillo,/ por donde entrares/ hallarás una legua/ de berrocales.” A medida que la carretera desciende hacia el llano adehesado se va separando de la Cañada Real, aunque ambas vías continuarán en paralelo y a poca distancia hasta cruzarse en el río Almonte. Pero antes el viajero evitará la tentación de acelerar en las prolongadas rectas de la remozada carretera y hará un nuevo alto junto al río Marinejos, de resonancias merineras y excesivo nombre, pues se trata de un cauce estacionario que, en estos días primaverales y tras una invernada lluviosa, aún mantiene aguas corrientes, pero que pronto quedará reducido a charcones finalmente evaporados. De momento, el blanco de las garcillas bueyeras se confunde con la refrescante nevada de ranúnculos que adorna el cauce. Lavanderas, estorninos, abubillas, rabilargos, alcaudones,... y a pocos metros el cortijo, reminiscencia de la villa romana, da soporte a la nidificación de la cigüeña blanca, acompañada siempre de ruidosos gorriones. La dehesa adornará, desde ahora hasta alcanzar las serranías de Monfragüe, el viaje, ofreciendo mil y un detalles que observar. Siculo Flaco nos pone sobre la pista del origen de la dehesa al referirse al cerramiento con paredes de piedra tanto de cultivos como de prados que “los defienden (defendunt) de las incursiones de los animales”, y más tarde las leyes visigodas harían referencia al cerramiento de terrenos de pasto (pratum defensum). Pero fue en la Edad Media cuando, con la Mesta, la recepción de ganados provocó el adehesamiento generalizado, pudiéndose explicar la estructura del territorio extremeño, en manos de órdenes militares y señores feudales, como un conjunto de dehesas unidas por cordeles y cañadas.
El adehesamiento consiste en el aclareo de la vegetación, eliminando el matorral y entresacando de modo selectivo el arbolado, permitiendo diversos aprovechamientos ganaderos, silvícolas y agrícolas, entre los que destaca la cría del porcino, que se alimenta de la montanera en régimen extensivo. El viajero contempla curioso, al parapeto de las paredes de piedra, el afanado rastreo de los cochinos que, terminada ya la producción de nutritivas bellotas, hozan incansables en pos de raíces y larvas, cuando no se revuelcan despreocupadamente en la charca a la que también acuden innumerables pequeñas aves para refrescar la mañana. Este calor que ya apunta estival es el causante de que ciertas especies hayan migrado con tiempo hacia áreas más norteñas y frescas, entre las que se cuenta la grulla. El viajero añora por un instante su trompeteo alegre entre las encinas, pero su puntiagudo vuelo no llegará a estas dehesas hasta la nueva otoñada.

Otro cauce, el río Tozo, detiene de nuevo la ruta del viajero y decide acompañar apenas un kilómetro al agua que baja para encontrar la Cañada Real, que supera el Tozo gracias al Puente de la Labadera. Ranas, galápagos y culebras de agua se zambullen y eslizones tridáctilos serpentean ágiles entre la alta yerba de las orillas al mínimo asomo de peligro. La nutria queda descubierta al hallazgo de sus excrementos, depositados en las pizarras que afloran junto al agua, compuestos casi exclusivamente de restos de cangrejo rojo americano, crustáceo convertido en plaga nefasta para la fauna autóctona de nuestros cauces. Milanos negros y reales, ratoneros, águilas calzadas y culebreras son fácilmente observables en estos cielos. Tras continuar el trayecto, el viajero se deleita con la vista de interminables dehesas, repleto el pastizal de pequeñas flores y cantuesos que agotarían la paleta del mejor pintor impresionista. El viajero, una vez más, sonríe para celebrar su suerte, pues conoce que la primavera extremeña es tan espectacular como pasajera.

Dehesa (José A. Palomo)
Los riberos del Almonte, aún no demasiado encajonado en estos pizarrosos suelos, atraen la atención del viajero, que detiene una vez más su marcha, encontrado de nuevo con la Cañada Real en el Puente de la Barquilla, antiguo contadero y descansadero de los rebaños. Si junto al agua descubre a la acechante garza real, en lo alto sigue el vuelo disperso de los buitres leonados, acompañados por algún buitre negro, alimoche, milano o cuervo, puede que todos juntos dispuestos a encontrar alguna res muerta que compartir.

Puente de La Barquilla (José A. Palomo)
Hasta entrado el siglo XX la Cañada Real Trujillana dibujaba desde aquí un ligero arco hacia el oeste, sin pasar por Torrejón el Rubio, para, tras superar el Arroyo de la Vi justo en su desembocadura sobre el Tajo, adentrarse por la angostura del Salto del Gitano y evitar de este modo las pronunciadas y fragosas laderas de la Sierra de las Corchuelas. En la actualidad, sin embargo, los hatos de vacas prosiguen, desde el alto de los riberos del Almonte, por el mismo trayecto que la carretera hasta Torrejón el Rubio, pueblo fundado en 1200 al amparo, según refieren antiguas letras, de un “torreón de moros” junto al que asentaba un vaqueril de chozas para guardar ganados, cuyo mayoral era un tal Pedro Rubio. El linaje de los Carvajal regentó el señorío, más tarde alzado a condado.

La Cañada Real Trujillana III

A pie desde Torrejón el Rubio hasta Villarreal de San Carlos

Tras demandar información en la oficina turística de Torrejón, y dado aviso de su interés por realizar el trayecto que le llevará hasta Villarreal atravesando el Parque Nacional a pie, el viajero echa al saco queso, morcilla y pan del lugar, sin olvidar el trago que será obligado. Tomando la carretera en dirección hacia Plasencia la deja a poco de salir del pueblo, guiado por la señalización de la Cañada Real que enfilada por paredes de piedra en este primer tramo, aprovecha el trazado del antiguo camino de Plasencia a Trujillo. Por la loma de Vacíabotas otea el viajero la Sierra de las Corchuelas, que delimita con su fragosa falda el sur del Parque. Un impresionante tajo se advierte justo bajo el dominio del castillo que se perfila claramente en la altura de la sierra: el Salto del Gitano amarillea a la luz de la mañana (el viajero ha salido temprano, pues la ruta será de aproximadamente 12 kilómetros) y un remolino de buitres leonados ablanda su mole cuarcítica, donde nidifican 80 de las 400 parejas que viven en Monfragüe.

El Salto del Gitano (José A. Palomo)
Dos de las especies de la fauna ibérica en peligro de extinción pueden ser avistadas desde estos riberos: la cigüeña negra y el águila imperial. La primera mantiene una población en Monfragüe de 30 parejas, siendo su número total en España de 230-280 parejas, mientras que la emblemática águila imperial tiene aquí 10 parejas de sus efectivos mundiales, que se cuentan según los últimos censos en 130 parejas. Pero el viajero, tan curioso como paciente, también presta atención a las
Águila imperial (José A. Palomo)
paredes de piedras, donde se sumergen en el sopor de los primeros rayos solares el lagarto ocelado y la lagartija ibérica, y se detiene de cuando en cuando junto a las pequeñas charcas y aljibes excavados en la pizarra que sirven de abrevadero al ganado trashumante. Aquí encontrará ranas, sapos, tritones, gallipatos, culebras y galápagos.
Tritón ibérico (José A. Palomo)

La clara mañana refleja sus escasas nubes en las aguas más abundantes del Arroyo de la Vi, utilizado por los rebaños como sesteadero, al que desciende por zigzagueante tramo semiempedrado. Junto al antiguo puente de reminiscencias romanas el viajero encuentra de nuevo indicios de la presencia de la nutria. Un breve descanso al fresco de la yerba, que pronto aprovechará el hato de negras avileñas en su camino hasta las montañas de Gredos, permite al viajero la detenida observación de un grupo de abejarucos, y arrullado por sus trinos en vuelo y el lento chapoteo de la corriente, recuerda la leyenda de estas aguas. Zaida, princesa mora enamorada de Alfonso VI, padece encierro en el reino árabe de Toledo, y aprovechando el descuido de sus captores durante un asedio a la ciudad, huye a través del angosto túnel que comunica la fortaleza con el Tajo. Sus impetuosas aguas la llevarán sobre pequeña barca hasta Monfragüe, donde quedó varada en la desembocadura de un arroyo. Encontrada por un pescador al borde de la extenuación, su enamorado acudió a su encuentro. El lugar, ahora bajo las aguas del embalse de Alcántara, se llamó “el lance de la mora” y el arroyo que tributa allí al Tajo se conoce desde entonces con el nombre de Do la Vi (donde la vi).

Martín pescador (José A. Palomo)
Lince ibérico (José A. Palomo)
El vertiginoso y azulado vuelo de un martín pescador sobre las aguas devuelve al viajero a la tranquilidad del lugar. Animado, remonta el ribero y alcanza de nuevo los cerros adehesados que le conducen hasta el Caserío de las Corchuelas, punto en el que el camino se adentra en el Parque Nacional. Superados los casi 200 metros de ladera por la solana de la sierra, el viajero se detiene en la cuerda y observa al sur el extensísimo horizonte adehesado por el que acaba de atravesar. Escudriñando el paisaje con los prismáticos, que siempre lleva muy a mano, otea al noroeste, en la ladera del Arenal Gordo, algún nido ocupado de buitre negro con el pollo ya emplumado. Monfragüe mantiene una población de 230-250 parejas de buitre negro, con lo que se convierte en el enclave más importante del mundo para esta especie. Y al este, las sucesivas y paralelas sierras que amparan los encajonados cauces del Tajo y del Tiétar, ofrecen tupido cobijo para el lince, felino endémico de la península Ibérica catalogado como el carnívoro más amenazado de Europa. Debido a sus costumbres nocturnas, su comportamiento solitario, la baja densidad de sus poblaciones y la extrema dificultad de observarlo, su población total sólo puede ser estimada con cierta aproximación, que se sitúa en la actualidad entre los 880-1150 individuos en toda la península Ibérica. Monfragüe está dentro de su área de presencia, pero hace años que no se han producido avistamientos, y ya no se tiene la seguridad de su existencia por estas fragas.

Buitres negros (José A. Palomo)
El viajero desciende por la pedregosa ladera, muy erosionada por la pezuña del ganado, atendiendo a la vegetación de la umbría, repleta de alcornoques, quejigos, madroños, cornicabras,... y a la pequeña fauna alada que continuamente trina y aletea entre lo espeso (carboneros, herrerillos, pinzones, currucas, trepadores,...). Llegando al sopié vislumbra entre la
Trepador azul (José A. Palomo)
espesa jara a los esquivos ciervos y finalmente se encuentra a la orilla del Tajo y se detiene, antes de cruzarlo, para observar el paisaje, dominado por el Puente del Cardenal. Las vacadas todavía lo utilizan, si no está sumergido por efecto del embalse de Alcántara, para acceder hasta el descansadero de Villarreal de San Carlos, o Lugar Nuevo, como prefieren denominarlo lugareños y pastores. Este maltrecho puente fue mandado construir en 1450 por Juan de Carvajal, obispo de Plasencia y después purpurado en Roma, lo que le da nombre, con el objeto de comunicar la sede placentina con el señorío de Jaraicejo, de su propiedad. Para ello se eligió la estratégica confluencia del río Tiétar sobre el Tajo que, amansado el abrazo por efecto del embalse de Alcántara desde 1969, puede verse aguas arriba. Para su construcción, a imitación romana, se emplearon 30.000 sillares de granito traído desde las canteras más próximas, en Malpartida de Plasencia. Consta de cinco ojos con grandes aliviaderos entre cada par, aunque lo que hoy puede verse es una reconstrucción de mediados del siglo XIX, ya que la obra original fue dinamitada por los españoles para impedir el paso de sus perseguidores franceses a principios del mismo siglo, durante la Guerra de la Independencia.

Sentado sobre uno de los bloques del pretil que la corriente ya ha desmoronado, el viajero pasea su vista, generosamente aumentada a través de los prismáticos, por la ladera de la umbría de la Sierra de las Corchuelas, frente a él aguas abajo. La abigarrada vegetación rodea amplias pedrizas generadas por efecto de la gelifracción durante las glaciaciones. Cerca de las descarnadas orillas del embalse, en la margen izquierda, se conservan en pie aún los muros de la única de las siete casas de peones camineros, de principios del siglo XX, que existían entre Plasencia y Torrejón el Rubio. La antigua carretera acompaña por la margen hasta la Fuente del Francés, a la entrada del Puente Nuevo, sobre el que nidifica una bulliciosa colonia de vencejos reales que, en vertiginoso vuelo, conducen la vista del viajero hacia lo alto. En las fracturas de los pliegues cuarcíticos que dominan la margen derecha nidifican buitres leonados y alimoches. Aguas arriba, en la península que la confluencia de los ríos encaja, quedan los vestigios de un castro de la Edad del Hierro.

Cruzado el puente, el viajero observa la arruinada Casa de Postas, donde se cobraba el impuesto asignado por persona y cabeza de ganado, así como el peaje a las barcas, cuyo trasiego desde finales del siglo XVI fue intenso, trasladando desde Lisboa hasta Toledo tanto tropas como mercancías. Al borde mismo de la antigua carretera encuentra el viajero lanchas de pizarra con superficie rizada (ripple), prueba del origen marino de estas rocas. Esparcidos por el lugar se han reconstruido algunos chozos de los que conformaron, hacia 1929, una pequeña aldea para los trabajadores de las proyectadas presas algunos cientos de metros aguas arriba. Paralizado por los cambios políticos de la época, el proyecto sería retomado y los Saltos de Torrejón, sobre los ríos Tajo y Tiétar, se acabaría por realizar a finales de la década de los sesenta, con la consiguiente y grave alteración del ecosistema.

Pasada una pronunciada curva, el viajero abandona el antiguo asfalto y asciende, vaguada arriba, a través de la Cañada Real, perfectamente marcada por la erosión que el continuo paso ha producido sobre la pizarra. Algunos majuelos, si en flor nevados arbustos, llevan los pasos del viajero hasta lo alto del ribero, tras dejar a la derecha un tramo de camino empedrado, construido para facilitar el acarreo del granito del futuro Puente del Cardenal, tal vez sobre alguna calzada romana. Al trasiego de personas y bienes que este puente facilitó, acudieron emboscados bandidos que asaltaban y daban muerte a los viajeros, como atestiguan crónicas de la época. Así, el corresponsal de Antonio Ponz, hacia 1770, le comunica que “llegan las dehesas hasta el famoso puerto de la Serrana, sin quedar más en aquel paso que el riesgo de perder los pasajeros el dinero y la vida a manos de los salteadores”. Por este motivo, José Prieto, “comandante de una partida para la persecución de ladrones y malechores”, justifica en 1792 la fundación de Villarreal de San Carlos, ya que “la distancia de puerto a puerto [Serrana-Corchuelas] era un calbario de cruces de las desgracias sucedidas”, según responde al Interrogatorio de Tomás López. Para asentar milicia que combatiera el bandidaje, dando seguridad a la ruta, Carlos III mandó la fundación de esta aldea en 1781, concediendo a sus moradores el privilegio de exención del pago de contribución al Estado. En 1832 Richard Ford escribía en relación con Extremadura: “Los caminos son solitarios y seguros. Donde no hay viajeros, excepto ovejas, ¿para qué va a haber ladrones?”

Este es el pequeño núcleo de construcciones que el viajero encuentra en el repecho. Primero pasa entre varios chozos de moderna construcción, interpretación de los tradicionales chozos pastoriles, y después enfila la única calle de Villarreal. A la derecha encuentra el Centro de Interpretación del Parque Nacional, cuya visita demora para la tarde, pudiendo disfrutar descansadamente de sus instalaciones. Justo por encima una antiquísima fachada de pizarra delata a la que probablemente fue la primera construcción realizada en la villa y que acogió a Carlos III. Algo más arriba, el solar de la antigua casa del cura, y frente a éste se conserva el arco de entrada al antiguo “corral concejo”. Domina la calle la ermita de Nuestra Señora del Socorro, también denominada de la Asunción, construida al tiempo de la fundación de la villa.

La Cañada Real Trujillana IV

De Villarreal de San Carlos a Plasencia

Saliendo desde Villarreal de San Carlos retoma el viajero el camino rodado, pues la carretera coincidirá, de nuevo, con el trazado de la Cañada Real. Los cerros que rodean Villarreal, y en los que por dos veces ambas vías se cruzan, están maltrechos. Los últimos años que estos parajes conocieron sin protección, allá por la década de los setenta, vieron cómo las máquinas movidas por la sinrazón y la especulación humanas se llevaban por delante foresta, suelo, paisaje,... con la inútil excusa de “repoblar” estos montes. Los eucaliptos, árboles majestuosos en su lugar de origen, no encuentran aquí tan buen asiento como en sus propias tierras australianas, y sus efectos sobre el ecosistema son tan negativos como evidentes. La frontal lucha que Jesús Garzón encabezó, no obstante, salvó miles de hectáreas de bosque y matorral mediterráneos y conllevó en 1979 la declaración del primer espacio protegido en el solar extremeño. Ahora, lentamente, se intenta recuperar la vegetación autóctona, tarea no sólo costosa sino también paciente.

A la derecha de la carretera, y antes de que salgamos del ámbito protegido, una torreta con repetidores señala al viajero el lugar por donde la Cañada Real remonta esta sierra, el Puerto de la Serrana. Cuenta la leyenda, y el viajero confía en que sólo fuera eso, que una joven enamorada fue repudiada por su pretendido caballero placentino debido a su baja extracción social, lo que decidió vengar echándose al monte para matar a cuantos hombres cayeran en sus manos, no sin antes haberse gozado con ellos. Con el eco de la Serrana de la Vera a sus espaldas, el viajero sale del Parque y, curiosamente, el campo vuelve a ser fragosidad y no fábrica. El antiguo eucaliptal da paso a encinas y alcornoques, ora acompañados de jaras y cantuesos, ora dando sombra al despejado pastizal. Leña cortada y colocada en montones que, una vez bien seca, será recubierta de tierra para evitar las llamas y permitir una lenta combustión que proporcione el carbón vegetal; alcornoques con troncos descorchados; rebaños de ovejas, piaras de cabras, vacas retintas y cerdos ibéricos que pastan, ramonean y hozan; extensas dehesas de nuevo, hasta perderse en el horizonte de las sierras norteñas. Algún elanio azul ha detenido la marcha del viajero, quien ha perseguido su aleteante vuelo por las abiertas dehesas que recuerdan la formación de sabana africana, de donde procede esta pequeña y hermosa rapaz.

Elanio azul (José A. Palomo)

Cuando tan sólo quedan 13 kilómetros para llegar a Plasencia, la Cañada Real reaparece entre enormes alcornoques por la derecha de la carretera, la atraviesa y se comparten ya hasta el cruce de la estación de ferrocarril “Monfragüe”, justo después de pasar a las puertas del camping del mismo nombre. Pocos metros más allá, el viajero toma a la derecha para seguir la cañada, que en este tramo recibe el nombre de Cordel del Valle. Sinuosa y estrecha la calzada, contrasta con la aceptable anchura de la cañada que la acoge. La carretera se aparta luego hacia la izquierda para salir a la comarcal que une Navalmoral de la Mata con Coria. Dirigiéndose hacia el este vuelve a coincidir pronto con la cañada, llegando juntas a las puertas de Malpartida de Plasencia. Esta localidad nació en el siglo XIII como unificación de diversas alquerías cercanas, cuyo fin era el control de la encrucijada de rutas ganaderas. Destaca en su fisonomía, lo que el viajero advirtió ya desde lejos, la parroquia de San Juan Bautista, mandada construir por el obispo placentino Gutierre de Vargas Carvajal en el siglo XVI.

El viaje se acerca a su fin cuando, retomando la carretera hacia Plasencia, aparece el ancho Valle del Jerte, con la ciudad en primer término abrazada por el río que nace en la cabecera de esta fructífera comarca. Fundada en 1186 por Alfonso VIII para apoyar la creciente repoblación de la Transierra leonesa, fue fortificada con murallas de sillarejos y mampostería durante los siglos XII y XIII, que se conservan en gran parte acogiendo a uno de los conjuntos histórico-artísticos más importantes de Extremadura. La catedral, con una parte románica y otra gótica con matices platerescos, derrocha ornamentos y alardes arquitectónicos. En su interior destaca la sillería del coro, obra del siglo XV a manos de Rodrigo Alemán. Otras iglesias que conservan trazas románicas son San Nicolás, San Pedro y San Martín (cuyo retablo luce pinturas de Luis de Morales, el Divino). Del siglo XIII es también el más antiguo de los palacios, la Casa de los Monroy, con portada románica con leones a los lados, donde se hospedaron Fernando el Católico y San Pedro de Alcántara. Pero fue en el siglo XV cuando Plasencia obtuvo su mayor auge, acogiendo intramuros los palacios y casonas solariegas de la más nombrada nobleza extremeña: Zúñiga, Condes de Oropesa y señores de Jarandilla (después Duques de Alba), Marqueses de Coria, señores de Monroy y Almaraz, señores de Torrejón,... De todos ellos, el palacio renacentista más suntuoso es el de los Marqueses de Mirabel, adosado al Convento de San Vicente Ferrer, hoy Parador de Turismo.

El viajero quiere despedir su ruta en la Plaza Mayor de Plasencia paseando sus transitados soportales o sentándose a su sombra para observar, una vez más, el vuelo de las aves urbanas. Tal vez decida esperar para reencontrarse con el bullicio humano, aunque sosegadamente rural, del mercado que aquí se celebra cada martes desde principios del siglo XIII.

Pronto, antes de que los primeros calores del verano agosten las yerbas, los serranos emprenderán la marcha conduciendo las sonoras y parsimoniosas vacadas desde las dehesas hasta las montañas de Gredos, donde las negras avileñas recuperarán las alturas que abandonaron cuando el frío del otoño las empujó hacia el sur.