Mostrando entradas con la etiqueta Hábitats. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hábitats. Mostrar todas las entradas

(1) Agua

 

El agua canta. Comienza el preludio una tarde de agosto, cuando el ocre amortaja el profundo y extenso horizonte. No hay nada que se mueva, pero el aire se condensa hasta crecer en murallones y acantilados de blandas formas. De pronto, llega hasta aquí el trueno, como una gigantesca roca desprendida desde cimas invisibles, envueltas en espesas nubes, y cae rodando, aproximándose y extendiéndose, desempolvando con su eco los campos amarillos. Y entre golpe y golpe, el aviso de la lluvia lejana que, aun antes de que llegue, ya ha humedecido las ásperas rastrojeras. Y es ahora cuando verdaderamente comienza la música. Pero ya no suena… ¡huele! El campo entero es aroma, un cálido pero refrescante aroma que se diluye y nos envuelve, la respiración de un mundo que recupera el pulso y nos emociona con la vida que regresa. ¡No te fuiste para siempre!

            Y después, el verde, el pasajero que nunca se acaba de ir, el que siempre regresa, el viajero que desciende de la lluvia, pero que a la vez asciende desde los esponjosos suelos. Imperceptiblemente, la suave melodía del otoño va diluyendo los ocres mientras renacen los cantarines arroyos y las silentes charcas.

            Cambiante, aún otra melodía, el agua de nuevo en el aire, ahora blanca y difusa, envolviendo encinas y vacas en un paisaje inmóvil. Escuchamos entonces, en la mística mañana, el sonido de gargantas como herrumbrosos goznes que se acercan y abren las puertas de la niebla. Las grullas traen en sus alas las olas grises de los mares del norte y con su trompeteo siembran rocío en los surcos y escarcha en las orillas.

            Pero el agua fluye, y musita, y germina. Al calor del sol, que se refleja en mil destellos, florecen las nieves de la acuática primavera. Los ranúnculos alfombran los remansos del arroyo, que se llena de peces como vertiginosas pinceladas de luz de luna. Y cuando ésta llega, asomando entre los juncos, alumbra las voces del coro de ranas que cantan, en perfecto diálogo, respondiendo a eternas preguntas, derramándose envuelto en el borboteo del agua que viene y se va. Canciones, caminos, viajes… eterno deambular bajo el cielo nocturno. ¡Quédate conmigo! Escucha, respira, descansa junto a mí. Todos estos infinitos sonidos en mitad de la noche envuelven los latidos en un solo corazón.

Escucha la canción del agua. Pronto volverá a ascender, muda, evaporada, como un aleteo invisible, otra vez en el cielo, otra vez, y siempre.



(2) Cielo

 

Está ahí. No es necesario ir, ni abrir, ni salir. Solo debes detenerte, parar un momento y mirar. Es verdad, nosotros que caminamos a dos patas corremos el riesgo de tropezar, tal vez por eso no perdemos de vista el suelo. Pero si no tienes prisa, párate un momento y siéntate en esa piedra o túmbate en la hierba. Porque el camino es hermoso si sabes ver lo que te rodea, lo que te acompaña. Y el camino no es solo lo que pisan tus pies.

            El cielo es un mar cambiante, lleno de vidas. En la superficie del fondo, entre el coral de las flores de primavera, aletean parsimoniosas mariposas y zumban en acelerado vuelo los abejorros. En la espesura de ramas y matorrales se sumergen cientos de pajarillos, apareciendo y desapareciendo veloces y cantarines. Junto al camino, en la orilla del oleaje de los trigales verdes, alguna cometa. Un aleteo minúsculo se desprende, cae, casi transparente en el azul, como un pez volador, y se detiene. Sostenido por el aire, el cernícalo vibra inmóvil. Y después otro avance rectilíneo hasta volver a parar y lanzarse en picado al fondo.

            En la mañana clara el denso azul transporta nubes repetidas, blancas y ligeras como un banco de medusas unidas por invisibles lazos. Y en un hilo también, se aproximan diminutas partículas deslizándose por los toboganes del cielo. El vuelo de los buitres dibuja las corrientes del aire que asciende. Después, el racimo se abre y se dispersa, sin aleteo, sin esfuerzo, dejándose llevar con sus alas extendidas.

            Déjate llevar tú también como un náufrago por este océano de vuelos. Señala en el mapa de arena el norte por el que llegan los bandos en el otoño, y el sur que trae los trinos en primavera. Síguelos, busca el vuelo solitario del águila, desprendido del cantil o de la atalaya, frágil velero que se acerca y no llega jamás. Escucha el ajetreo del viaje, marcado por los cantos de cientos de aves en formación, alanceando la tarde que cae. Todos esos aleteos, profundos, rápidos, cadenciosos, breves, estáticos, ligeros... ¿Has pensado alguna vez cómo sería el mundo sin todas esas alas, sin todas esas almas? Como un cielo nocturno hueco de estrellas, sin la esperanza agujereando el negro velo.

            Náufrago, en el paseo por la orilla, una pequeña pluma de vivos colores junto al agua, como un recuerdo que se olvidó. ¿Quién fue? ¿Cuándo lo perdí? No importa, solo me queda este triste suspiro, pero el vuelo sigue. Sé que sigue en unas alas llenas de vida, zarandeadas por el viento tal vez. No dejes que se detengan.





(3) Llano

 

Una áspera corteza se extiende por los campos planos, destapados al aire seco. La cuerda rota del violín de las chicharras amodorra el reloj de la tarde, en un tictac infinito de surcos antiguos. Borrosas líneas que confluyen en el lejano horizonte, donde se adivinan unos viejos muros, tal vez un chozo solitario que se desmorona vacío de sombra y sin un lamento.

            Estos campos atormentados bajo el sol, entrecosidos por el chirrido de trigueros y melodías de alondra, descorren el telón de la lluvia. El escenario monótono comienza a ser iluminado, primero con rayos de luz que abren el cielo, después, milagrosamente, por el arco iris que extiende su intensa pincelada enmarcando los montes del fondo.

            Campos que entierran el trabajo de siglos, que gritaron al fuego de las guerras, al dolor del hacha, a la herida del arado,… Campos que rebrotan con esfuerzo, tejiendo la alfombra que ha de alimentar a los rebaños. Ovejas como pétalos alrededor de la charca o encogidas al imán de la sombra del chaparro. Ovejas en procesión y letanía de balidos que suenan lastimosos, sin un pastor que las oriente y las conduzca. Su desamparo, aunque parece no tener fin, está limitado por alambradas que cercan su repetido tintineo. Triscan los corderos y balan, observados por las madres que rumian y dormitan.

            Desde el poste de la linde suena la ácida carraca, y lanzada al vuelo pinta, errática y eléctrica, de azul el cielo. Otros muchos vecinos no se delatan, envolviéndose en la misma capa del suelo, como terrones de plumas. Pero llega la hora de buscarse y encontrarse, y al repetido soniquete de los rebaños se incorporan ahora nuevos cantos, dulces flautas, melodiosos vientos que salpican por todas partes la partitura de la mañana. Es el momento, silba tú también, echa al aire la alegría que te llega. Un paseo así, en tan ancho mundo, abierto… No pediré mucho más, sino que me acompañes. En el camino, plateado de agua, van quedando nuestras huellas. Pronto se perderán, antes de que olvide tu cabello de espigas.

            Golpeados estos campos por las inclemencias de los días, sin parapetos ni resguardo, afrontando el sol y el viento, soportando la sed y el azote, desgastándose hasta aflorar el mordisco de las pizarras. Y aun así, el pan de mañana se hace mar, sosteniendo el remo profundo del vuelo de las avutardas. Piensa por un momento en lo efímero y en lo eterno, dejándote llevar hacia el horizonte que abre y cierra, que principia y termina a la vez, por más veloz que quieras llegar.



(4) Bosque

 

Acércate. Ya sé que el paisaje es muy hermoso, que transpira sosiego, pero quiero que te adentres, que te aproximes y que toques. Pon aquí tus manos, en esta piel gris y agrietada. No temas, está viva. ¿Qué sientes? Tal vez percibas el tiempo, los días y las noches que fueron pasando, tal vez notes la energía que llega desde el suelo y el cielo. Puede que creas que esta corteza rugosa es como una roca, dura, inerte, impenetrable… Pero este tronco rebosa latidos, se derrama y vierte hojas alimentadas por el sudor de mil brazos, con el trabajo de los padres y los hijos. Al pie del tronco, abonando raíces, las risas, los cantos y los llantos; los sueños, las esperanzas y las tristezas. ¡Cuánta vida reunida en un árbol! Vidas que se fueron pero quedaron en el paisaje, en este bosque abierto con las manos donde las encinas son buques anclados, zozobrando pero resistiendo, poderosas, rotundas, aun cuando el oleaje del tiempo las golpee.

            Y sobre este lienzo de esparcidos árboles, paredes que cuartean la pintura como grietas antiguas. Desmoronadas aquí y allí, cremalleras desdentadas que ya no cierran nada. Cabalgando lomas, acompañando arroyos, cruzando caminos… Paredes de piedra y tierra, aparejadas con liquen a un lado, con musgo al otro. Lindes que marcaron los usos: aquí ovejas y renuevos de encina; pastos y vacas en otro cuarto; barbecho y cereal en ese otro; cerdos y montanera en aquel último. Y trabajando duramente, depositando el sedimento de sus silencios y sus labores, un río de mujeres y hombres sostenido durante generaciones: pastores, vaqueros, porqueros, yunteros, segadores, jornaleros, carboneros… Oficios y tareas soportados con tenacidad, aprendidos con la leche materna, ayudados por los sencillos aperos de la autosuficiencia.

            Este paisaje inventado, construido sin prisas, cobija a mil habitantes. Ocultos algunos, polizones de huecos y ranuras, en la tronca envejecida, en la pared acogedora de la abandonada zahúrda. Sobrevolando otros, oteando vigilantes sobre las crestas de los árboles, reflejado su vuelo en las charcas que bullen de vida. Columpiando ramas con su aleteo los pequeños cantores. Cada cual en su lugar, pero todos juntos.

            Árboles achaparrados, alargando su sombra en la tarde dorada, con el sol de diamantes entre las ramas. Encinas centenarias, hundidas en la tierra, sosteniendo y alimentando todas esas vidas. Árboles que no terminan donde empieza el cielo. Encinas que nos acogen hoy en la sombra eterna del pasado.



(5) Monte

 

En la ladera cubierta de jaras suena el invisible campanilleo de las cabras, como un perfume desprendido de la espuma blanca de las flores. Acebuches de metal retorcido, espinados por el ramoneo, deslizan su mínimo aceite por la solana. Laboriosos vuelos, diminutos pero incansables, recolectando el dulce reclamo. Las abejas siembran desde el aire y llevan su nutriente zumbido hasta las urbanas colmenas, edificios de miel y polen. ¡Cuántos aromas y sabores nacidos en este monte! Cantueso, tomillo, romero, orégano… colores que visten el aire de fragancias.

Y el olor de la tierra. Escucha ese canto de humo denso que se extiende entre los árboles, que surge de un montículo de leña abrazada y sepultada, exhalando su alma blanca. Y sobre esa locomotora de tierra parada, los carboneros se afanan. Mira sus rostros tiznados y sus ojos de cuarzo, sus nervudas manos como raíces. El humo lento inunda el monte mientras el corazón de leña arde, sofocado, atrapando el calor para más tarde. Árboles convertidos en estrellas, devolviendo la energía que tomaron del sol.

Y cuando éste reseca el monte es el momento de los escultores. El granito áspero de los alcornoques oculta un bosque de sinuosas figuras. Como un ejército armado, pero no dispuesto al caos sino a la creación, los corcheros van tallando una galería de soldados de terracota, esculturas vivas de arcilla. El alcornocal se hace obra de arte, figuras de barro y sangre. Es la piel del árbol, pero también su carne. No puedes quedarte ahí, adéntrate entre el matorral y llega hasta el pie de estos gigantes. Debes apreciar los detalles y deleitarte en este color que no verás en ninguna otra parte. Como la arcilla de la creación, emana vida.

Al otro lado de la sierra, en lo umbroso, crece la espesura más densa, repleta de sonidos y aromas. Los madroños anuncian ruborizados sus atractivos frutos, invitando al banquete a los comensales que han de esparcir las semillas en suelos menos competidos. Y del roquedo que corona, cuando la tarde se adormece, surge el profundo reclamo del búho, como un cadencioso latido del monte, y la respuesta apagada más lejos. Asoman las estrellas en la noche. Hace frío, y falto algo. ¡Cuánto nos emocionaría que volviera aquella otra llamada! La del lobo atado a su ronco lamento, a su triste destino de fiera perseguida. Tal vez pronto regrese, desde las montañas donde resuenan el seco choque de las cabras monteses y el tronar de las aguas bajo la nieve.



(y 6) Pueblo

 

A las afueras, donde el campo entra en el pueblo por una calleja adornada de higueras, una herrumbrosa noria yace abatida, agotada de viejas fatigas. Su silencioso esqueleto, ayer envuelto en el circular camino del mulo, hoy permanece prisionero de las zarzas, planeta sin su satélite. Muy cerca las ranas croan en el tambor del pozo y su zambullida rompe la piel verde que cubre el agua. En el huerto abandonado los surcos son oleaje fosilizado que alguna vez llenaron cestos de humildes pero sabrosos frutos.

            Aviones, vencejos y golondrinas van y vienen, de las casas a los campos, de los árboles hacia las tejas, porque aquí no hay fronteras ni murallas. Su trajín y la algarabía de sus vuelos adornan el caserío, envuelven la iglesia con arabescos y lacerías interminables. Y posadas en la espadaña, muy cerca de su nido, las cigüeñas repiquetean, machando su gazpacho con el rojo almirez de sus picos. Es inevitable alzar la vista entre las calles y ver en lo alto a las equilibristas, sostenidas sobre una pata de alambre inamovible. Otras llegan con un vuelo puntiagudo y la misma blanca cal de las paredes en su plumaje.

            Desde lo alto se otea el barro, como una estepa donde se esparcen las ramas raquíticas de las antenas, adornadas por cantores estorninos y bulliciosos gorriones. Y solo cuando se mueve adivinamos al cernícalo, mimético entre el cobre oxidado de las tejas.

            ¡Cuántos seres se adentran en los pueblos, compartiendo los afanes de las gentes! Pueblos de adobe y tapial extendidos en el llano, como oasis nevados de cal. Camina y demora tu paseo en cualquier rincón, en el mínimo detalle encontrarás alguna verdad. Ventanucos abiertos en el doblado, por donde fluye el vuelo arriesgado de las golondrinas. Ventanas que se adelantan a la fachada para guardar tras sus rejas miradas prisioneras y geranios regados de sol. Desde el umbral siente la frescura de la casa, que sale a recibirte hasta el zaguán.

Pueblo de madera y piedra recogido entre los montes, como un nido esperando la primavera. Un pequeño mochuelo se recorta posado en la cancela junto al camino, levanta el vuelo ondulante y se pierde entre los olivos. Cae la tarde y el paseo termina, o tal vez comienza. Tañen las campanas envueltas en el frío, empujándome lejos pero atrapándome quieto. Porque no hay un dentro ni un fuera. Tras mis pasos, las ventanas encendidas parecen demasiado distantes. Y al volverme, de nuevo me pregunto dónde vivimos, cuál es nuestra casa.



El medio construido

 Fuente de Cantos. Acuarela de Antón Hurtado.


Los pueblos y ciudades de Extremadura son todavía de la talla del hombre, donde la actividad diaria no se supedita al tamaño ni las distancias. Reflejan nuestros cascos urbanos aún la estructura de otros tiempos y así se apiñan los pueblos mirando sus casas hacia la fortaleza protectora del cerro, abren sus principales vías a las callejas y caminos que distribuyen personas y ganados a las distintas propiedades, buscan las principales calles y casas amparo religioso en la proximidad de la prominente iglesia,... Y en función de la comarca encontramos distintas tipologías en las calles, empedradas algunas, estrechas la mayoría, y en las viviendas. En la montaña dominan las construcciones de dos pisos, en zonas de llanura la casa reproduce un concepto más romano de la vivienda, con patio central que distribuye los aposentos. Se mantienen todavía vivos algunos barrios judíos, como el de Hervás, y conjuntos medievales de excepcional importancia histórica y estética, como Cáceres, Plasencia y Trujillo. Los materiales empleados en estas construcciones han sido el adobe y la madera en los pueblos serranos, la piedra y el hierro forjado en los núcleos medievales, la cal nívea en las casas señoriales y en las humildes viviendas, la teja árabe siempre cubriéndolo todo.

Galisteo. Acuarela de Antón Hurtado.

Calles empedradas, paredes de piedra, macetas y plantas silvestres, patios y huertos de intramuros, oquedades minúsculas y mechinales, aleros, balconadas, chimeneas de enorme y bellísimo porte, fuentes y pilones, mar de tejas con millones de cobijos, campanarios y torres dominantes,... Esta diversidad de sustratos y soportes ha permitido a un gran número de especies faunísticas asentarse y vivir entre los humanos, utilizando también, en el caso de las aves, el entorno inmediato, pues aquí no hay extrarradios ni zonas de transición: el campo entra de lleno a los pueblos de Extremadura.

Las especies que utilizan este ambiente antropógeno también se encuentran en hábitats más "naturales", pero algunas de ellas están secularmente unidas a nuestros núcleos urbanos. Abundan, por ejemplo, gorriones y estorninos, que aprovechan cualquier resquicio para nidificar, y son mensajeros de la primavera las golondrinas, los aviones y los vencejos. Estos últimos aletean vertiginosamente en bandos, seguidos siempre por su penetrante chillido, mientras capturan al vuelo los diminutos insectos alados. El vencejo real, menos frecuente que el común, prefiere puentes como los romanos de Mérida y Medellín o medievales como los de Plasencia, encontrando hueco suficiente para nidificar entre los bloques de granito. Los edificios de cantería, palacios, iglesias y fortalezas, son preferentemente utilizados por grajillas, cernícalos primillas y cigüeñas blancas.

Golondrina común. Ilustración de S. Turvey.
Durante la noche se puede escuchar el intrigante reclamo de la lechuza o adivinar su vuelo blanco sobre los tejados. En huertos y jardines, y dependiendo de la época del año, se llega a observar un gran número de especies aladas, pero las más habituales son los colirrojo tizón, mirlo, jilguero, petirrojo, herrerillo común, mosquitero común,... Los mamíferos, por sus requerimientos y hábitos, incompatibles en la mayoría de los casos con las características de los núcleos urbanos, sólo están representados por murciélagos, que en las calurosas noches veraniegas llegan a entrar en las ventiladas habitaciones en busca de insectos, y roedores. Zorros, ginetas y comadrejas campean también por las solitarias calles y patios durante la noche tranquila del pueblo. Antes de que el sosiego llegara definitivamente, mientras los vecinos han hecho corros en los umbrales agradeciendo la fresca marea, las blancas paredes han sido visitadas por las salamanquesas común y rosada. En torno a las farolas se dibujan sus pequeños cuerpos, al acecho de las mariposas nocturnas que aletean incansables golpeando la luz del farol. Viejas patrañas afean a estos insectívoros e inofensivos animales, que la ignorancia popular llama "saltarrostros". Durante el día la lagartija colilarga es frecuente en suelos y paredes, mientras que la ibérica utiliza los tejados. Hasta el lagarto ocelado puede verse sobre la rugosa tronca de los olivos y, acechando nidos y jaulas, la culebra de herradura, popularmente conocida como “alicante” y a la que se le adjudica una falsa peligrosidad, pues es inofensiva para el hombre.

Lechuza. Pintura de Manuel Sosa.


El medio acuático

Acuarela de P. Partington
Inmersos en un paisaje decididamente labrado por el hombre, los sistemas acuáticos también reflejan sus huellas por aprovechar tan vital elemento como es el agua. Las dos grandes arterias que cruzan Extremadura de este a oeste, el Tajo y el Guadiana, son ríos muy alterados, aunque, a pesar de todo, conservan un gran interés ecológico.

El Tajo, que atraviesa la región por medio de la provincia de Cáceres, debe su nombre a lo "entajado" de su cauce original, factor que facilitó de alguna manera la construcción de puentes en época romana, como el de Alcántara o el destruido de Alconétar. A su vez, esta profunda zanja fue útil como foso defensivo para los árabes, que asentarían más tarde en sus inmediaciones una línea de fortalezas. Finalmente y en época muy reciente las aguas del impetuoso Tajo fueron reprimidas en un rosario de embalses destinados a la producción hidroeléctrica. El embalse de Cedillo, que hace las veces de frontera con Portugal, topa con el enorme lago del embalse de Alcántara y éste, que hunde su última cola en las serranías de Monfragüe, da la vez a los Saltos de Torrejón, tomando el último relevo el embalse de Valdecañas, limítrofe con Castilla-La Mancha y cuyas aguas sirven de riego a cultivos intensivos.

El río Guadiana ha sido embalsado en su tramo inmediato a la entrada en la provincia de Badajoz con las presas de Cijara, García-Sola y Orellana, aprovechando las cerradas que la orografía del terreno facilita. Con el enorme volumen de agua que, entre éstos y el embalse de La Serena, sobre el Zújar, puede retenerse y el correspondiente sistema de distribución, se han transformado en zonas de cultivos intensivos las anchas vegas del Guadiana en el resto de su recorrido por Extremadura.

Con el desarrollo de estas políticas hidrológica y agrícola en la década de los sesenta, los dos ríos y por consiguiente sus respectivas cuencas han sufrido profundos cambios en la dinámica y la estructura del ecosistema acuático. Efecto inmediato y directo ha sido la pérdida de los sotos ribereños, con vegetación edafófila exclusiva de márgenes y soporte de una amplia diversidad de especies faunísticas asociadas al bosque galería y al medio acuático. Con la construcción de las grandes presas se ha frenado e impedido la migración de especies piscícolas, como la anguila, el sábalo, la saboga o la lamprea, que precisan del medio marino para su reproducción o desarrollo. Las orillas, sometidas a una continua variación de nivel, resultan descarnadas y ni la vegetación de ribera ni la acuática logran asentarse en estos irregulares y escuálidos márgenes, con la consiguiente pérdida de lugares de cría y cobijo para peces, anfibios, reptiles acuáticos, aves y mamíferos. El factor determinante de los cambios originados en estos grandes ríos ha sido la transformación de sus cauces lóticos en lénticos; es decir, las aguas que antes fluían libremente ahora han quedado embalsadas en lagos artificiales. Los restos orgánicos que antes los ríos arrastraban al mar, aportando así nutrientes a la cadena trófica marina, quedan inmovilizados en el sistema léntico, lo que añadido a las altas temperaturas del verano contribuye al desarrollo de enormes cantidades de microalgas que consumen el oxígeno del agua, acarreando en ocasiones la mortandad de peces. También éstos, los peces, han resultado afectados por todos estos cambios y, así, las especies autóctonas propias de sistemas lóticos han sido desplazadas por especies introducidas a lo largo de los últimos siglos, aunque la mayoría de ellas en época muy reciente. Entre las especies autóctonas pueden citarse la boga, el barbo, la pardilla, el bordallo y la colmilleja, y entre las introducidas se encuentran la carpa, el carpín, el black-bass, el perca-sol, el lucio, el siluro y hasta la trucha arco-iris, que acaba descendiendo por las gargantas repobladas hasta los embalses, para desconsuelo de pescadores. Por otra parte, también el introducido y omnipresente cangrejo de río americano es un serio problema para toda la ictiofauna, sobre cuyas puestas y alevines depreda.

Somormujo labanco.
Dibujo de José A. Palomo
Los embalses, sin embargo, al margen los beneficios económicos que puedan representar, han supuesto la creación de pequeños mares interiores favorables sobre todo a la invernada de aves migradoras que encuentran en ellos zonas apropiadas de descanso y alimentación a lo largo de sus desplazamientos e incluso un hábitat idóneo para sobrevivir en la época fría del año. Arrastradas desde el norte y centro de Europa por hielos y nieves acuden hasta aquí especies acuáticas como ánades real, silbón y friso, pato cuchara, cerceta común, porrones común y moñudo, somormujo labanco, ganso común, gaviota reidora y cormorán. Este último, de hábitos marinos, ha venido ocupando el interior gracias a los escalonados embalses, en los que incluso comienza a criar en Extremadura. No frecuente, pero inconfundible cuando sobrevuela las aguas para caer sobre algún pez, puede avistarse también al águila pescadora.

Dejando a un lado los grandes embalses que hoy dominan gran parte de nuestro paisaje y que convierten a Extremadura en la región española con mayor extensión de costa, la mayoría de nuestros ríos se originan en las gargantas del norte montañoso. El Tiétar, el Jerte, el Ambroz, el Alagón y el Árrago nacen a expensas de las aguas que a través de las gargantas drenan el montañoso paisaje. En estos elevados y rugientes peldaños el agua fría, limpia y veloz, cobija a especies exclusivas como la trucha o el cacho entre los peces; la rana patilarga, la salamandra y el lagarto verdinegro entre los herpetos; el mirlo acuático entre las aves, y la nutria y el musgaño acuático entre los mamíferos. El visón americano, especie alóctona introducida accidentalmente en la Sierra de Gredos, comienza a hacer acto de presencia en las gargantas veratas.

La Barquilla, Río Almonte. Pintura de José Antonio Palomo.
Gran parte de los cauces tributarios, ríos menores y arroyos, son de carácter estacional, recogiendo las aguas de otoño e invierno y manteniéndolas durante la primavera, si bien acaban secándose en el verano, persistiendo tan sólo charcas y charcones muy útiles para la fauna. En estos cauces, dependiendo de la cuenca a la que pertenezcan y de las condiciones del agua, podemos encontrar especies ícticas autóctonas tan representativas como el jarabugo, calandino, bordallo, bermejuela, boga y pardilla. Con las primeras aguas del otoño iniciarán la reproducción los anfibios, siendo habituales las larvas diminutas de los sapos parteros y las enormes del sapo de espuelas, además de las de los tritones ibérico y jaspeado, que retrasan su reproducción para la primavera, junto a las ranitas de san Antonio y los sapos común, corredor y pintojo. La rana común llenará las noches con sus cantos de reclamo a finales de la primavera y en el verano. Culebras de agua y galápagos son frecuentes soleándose sobre rocas o troncos en las orillas en esa época. Cigüeñas blancas y negras, garzas, garcillas y martines pescadores, son algunos de los depredadores propios de orillas y aguas, junto a la nutria y el turón. En la espesura de la vegetación ribereña anidan sonoras oropéndolas y melódicos ruiseñores.

Garza real. Pintura de R. Bateman.
Las escasas y pequeñas lagunas que pueden encontrarse en Extremadura son de gran interés ecológico, pues reúnen gran cantidad de especies de anfibios y aves, principalmente acuáticas y limícolas. Para abrevar al ganado, que se mantiene incluso en pleno verano en la dehesa, se construyen numerosas charcas que facilitan lugar de reproducción a gallipatos, ranas y sapos, y la tenca es criada con mimo por los pacientes pescadores. La presencia de estas especies y de numerosos invertebrados acuáticos atraen a cigüeñas, garcillas bueyeras, lavanderas y chorlitejos.

Aunque por su menor tamaño puedan parecer insignificantes, los minúsculos puntos de agua que se distribuyen por el territorio, tanto cerca de poblaciones y caseríos (pozos, abrevaderos, albercas) como en pleno campo (acequias, pilones, manantiales, charcos sobre rocas), tienen una vital importancia para mantener la biodiversidad de especies invertebradas y vertebradas necesitadas del medio acuático.

El llano

En contra de una equivocada imagen de Extremadura, que ha sido incluida tradicionalmente en el contexto de la España seca, árida y desertificada, en la región domina la superficie forestada, si bien existen amplias zonas desprovistas casi totalmente de sustrato arbóreo. No obstante, tal circunstancia no se debe a los rigores que el clima pueda representar, sino a los avatares históricos.

Los extensos llanos cerealistas y de pastizal que se concentran en las comarcas de Brozas, Cáceres, Trujillo y La Serena gozaron en su día de masas forestales de bosque y matorral mediterráneos tal y como aún puede apreciarse en las comarcas aledañas. Curiosamente, gran parte de este territorio actualmente deforestado fue dominio de la Orden de Alcántara, encargada de la defensa del solar reconquistado a los musulmanes en el siglo XIII. El puente romano de Alcántara, único paso transitable sobre el río Tajo, facilitó el trasiego de nutridos rebaños de oveja merina que, al amparo del Concejo de La Mesta, adquirieron un cada vez mayor peso específico frente a los intereses agrícolas. Extremadura, antigua tierra fronteriza y ahora retaguardia de los territorios cristianos, es utilizada por los ganaderos del norte como invernadero para sus rebaños, contando para ello con el apoyo de los distintos monarcas cristianos. El intenso efecto de la ganadería sobre las principales zonas de pastaderos provocó la lenta desaparición de matorrales y arbolado, a lo que sin duda también debió contribuir la lucha contra las plagas de langosta, pues como único método se procedía a la roturación de las zonas afectadas, causando la pérdida de renuevos en la vegetación. Estos cambios en el paisaje, profundos y extensos, provocaron modificaciones importantísimas en el conjunto del ecosistema, teniendo como consecuencia el cambio de la fauna asociada al mismo. Tales efectos quedan patentes en la composición de la avifauna de estas zonas pseudoestepáricas, incorporándose a las mismas especies procedentes de las áreas semidesérticas norteafricanas y esteparias asiáticas.

Así pues, estos paisajes de llano que en la actualidad, a pesar de ser infravalorados estéticamente, son reconocidos como espacios de singular importancia para la conservación de determinadas especies de aves, han sido generados por un proceso de ocupación y uso agroganadero del suelo que ha supuesto en primer lugar la deforestación de tales zonas y, por consiguiente, la pérdida irrecuperable de suelo fértil. Es decir, todo un desastre ecológico del que hoy parece nos olvidamos. Sin embargo, el proceso está todavía en marcha y la desertificación de los llanos, particularmente en La Serena, continúa, aunque soterradamente. Los ganados ya no trashuman y permanecen durante todo el año en las fincas, lo que, llegada la época de primavera-verano, acarrea un intenso pisoteo sobre el pastizal y la semilla, reduciendo su potencial de regeneración, y sobre el mismo suelo, que resulta compactado y batido, lo que facilita el arrastre de la tierra durante las lluvias otoñales. Por otra parte, la intensidad del pastoreo unido a la sobrecarga ganadera afecta directamente a la conservación de las especies faunísticas, particularmente a las aves esteparias, que nidifican en el suelo y precisan de la protección del pasto primaveral. Pero si, de haber existido en aquella época conciencia ecológica, hubiera sido ardua tarea la lucha contra los señores feudales que asolaban estas tierras, no menores son los gigantes que hoy representan los intereses agrícolas europeos bajo cuyas directrices se ven obligados a vivir agricultores y ganaderos.

Y esta áspera corteza impuesta por los siglos cubre ahora el paisaje del llano, dibujado con líneas siempre paralelas al horizonte y donde el sol, a pesar del rigor de su abrasadora luz, es incapaz de generar sombras. Sólo algunos achaparrados cortijos dejan crecer a su vera algunos viejos eucaliptos que no consiguen sino dar un punto de fuga a tan infinita perspectiva. Aquí, aprovechando soportes, huecos, tejas y paredes de las construcciones, encontramos salamanquesas, lagartijas y culebras, como la de herradura, frecuente en medios antrópicos y cuya presencia provocará seguramente el rechazo de las personas. Sin embargo, este ágil reptil ayudará a mantener las habitaciones libres de roedores, abundantes en silos y cuadras. Entre las aves que utilizan estas islas a flote en medio del llano son habituales gorriones y estorninos, que nidifican con algarabía bajo teja, además de la blanquinegra cigüeña, que pastorea los prados en pos del abundante langosto y sigue con aplicado interés los surcos que el tractor abre, aprovechando insectos y pequeños vertebrados que el arado descubre. Posados en postes y cables suelen dibujar su silueta los cernícalos vulgar y primilla, y nos sorprende la viva pincelada de color que es la carraca.

Pero los abiertos campos, donde sólo se levantan los puntiagudos "dientes de perro" como si de una clara manifestación de ira de estos pizarrosos suelos se tratara, acaban por adornarse de una verde lámina y las vaguadas retienen en nivelados cauces aguas limpias que fructifican en ranúnculos, botones de oro, juncos y adelfas. Los fríos del otoño, cuyos vientos no encuentran obstáculos, traen también a estos llanos bandadas de avefrías, además de alondras, chorlitos y bisbitas, si bien las aves invernantes más emblemáticas de estos parajes son las grullas.

La breve primavera despide el vuelo norteño de estas aves y da paso a la nidificación de las especies típicamente esteparias: avutarda, sisón, alcaraván, ganga, ortega, canastera, aguilucho cenizo,... La mayoría de ellas, adaptadas a la cría en el suelo, necesitarán de un plumaje críptico que les ayude a pasar desapercibidas durante el periodo de incubación, motivo por el cual las hembras de estas especies presentan un diseño y colorido de plumaje muy diferentes al de los machos. Estos, necesitados de elementos de atracción para las hembras y notoriedad en el extenso llano, se adornan de plumajes vistosos y llamativos. La crianza de los pollos, por otra parte, indefensos en un nido que no les proporciona seguridad, es acelerada gracias al elevado consumo de proteínas contenidas en su dieta estival, basada en la langosta migratoria. Para agricultores y ganaderos, sin embargo, las densidades elevadas de langosta les puede representar un serio perjuicio que suele exigir tratamientos químicos, efectivos sólo si se actúa de forma precisa y sobre los "rodales".

Sisón. Pintura de J. Varela.
Otros visitantes de las sierras y dehesas próximas a los llanos suelen campear en busca de alimento. Así, el águila culebrera imita a los cernícalos en su inmóvil aleteo tratando de caer sobre lagartos y culebras, que aprovechan los almajanos para reproducirse y solearse. Otras rapaces, como milanos real y negro, ratonero común, águilas perdicera y real, también son asiduos visitantes de estos despejados y abundosos cazaderos en los que la veloz silueta del halcón peregrino se dibuja sobre el claro cielo mientras descuelga con un preciso golpe de sus garras a la alondra, la paloma o la perdiz.

Perdices en rastrojo. Óleo de M. Sosa.

La trashumancia

El ganado ovino, por su capacidad de aprovechar pastos de hierbas cortas y escasas, rusticidad y facilidad de aclimatación, es sin duda la especie rumiante mejor adaptada a Extremadura. Probablemente importada por los cabileños bereberes en tiempos almohades, la cabaña de oveja merina y su amplia expansión fue la desencadenante del proceso generalizado de adehesamiento en Extremadura. El agostamiento de los campos durante los largos meses del verano obligaba a realizar el traslado de los rebaños hacia los pastos de las montañas norteñas.

La trashumancia consiste en el movimiento estacional del ganado: de la sierra al llano (invernadero) y del llano a la sierra (agostadero). Su existencia puede datar de tiempos prehistóricos, cuando en el Neolítico los grupos de cazadores seguían a los grandes herbívoros en sus desplazamientos migratorios. En la Edad Media el descenso de los rebaños a los extremos (más allá del río Duero) pudo dar nombre a Extremadura y a su vez dio origen al Honrado Concejo de La Mesta, una corporación nacida de las vicisitudes de la actividad ganadera trashumante de castellanos y leoneses en el pastoreo de las tierras recién conquistadas a los musulmanes, entre los siglos X y XIII. La necesidad de proteger a los rebaños, incluso con escoltas armadas, fue el origen de su fundación por Alfonso X en 1273. Esta Hermandad de ganaderos y pastores, gobernada por el Concejo y perfectamente organizada, puede considerarse la base del desarrollo de la ganadería merina en España y de la posterior comercialización de la lana. La Mesta estuvo muy protegida por todos los monarcas de Castilla, alcanzando su mayor apogeo en la época del Imperio español (con 3,5 millones de cabezas), pero entró en crisis tras la Guerra de la Independencia, cuando la raza merina fue adoptada por otros países, cuyas producciones compitieron y provocaron la reducción de las exportaciones españolas, desapareciendo la institución en 1836 con la Desamortización. Los movimientos del ganado se realizaban a través de vías pecuarias (cañadas, cordeles y veredas), en la actualidad semiperdidas.

Aunque la trashumancia de corto recorrido, desde los pastizales de las dehesas extremeñas hasta la serranía de Gredos, se mantiene, la de largo recorrido está casi abandonada y, cuando se realiza, es por ferrocarril o en camiones. La pérdida casi generalizada de esta actividad ha ocasionado problemas en la conservación del arbolado, de los pastos y del propio suelo de las dehesas, ya que la acción del diente y del pie del ganado se mantiene durante todo el año, afectando a semillas y renuevos.

En la actualidad la cabaña ovina está destinada a la producción de carne y queso, habiendo perdido mercado la lana tras la aparición de las fibras artificiales, y su manejo sigue siendo en extensivo, aprovechando mediante el pastoreo los recursos naturales (hierba, matorral, bellotas, etc.) de grandes o medianos espacios, generalmente delimitados por cerramientos (tradicionalmente paredes de piedra, modernamente alambradas).

La dehesa

Dehesa. Acuarela de José Antonio Palomo.
En Extremadura existe alrededor de un millón de hectáreas de bosque adehesado, resultado de las modificaciones que la actividad humana ha efectuado sobre el bosque original. Esta acción consiste en el aclareo de la vegetación, eliminando totalmente el matorral y entresacando el arbolado, lo que produce el monte hueco o dehesa, que permite aprovechamientos ganaderos y agrícolas, además de silvícolas. La dehesa es un excelente modelo de explotación de terrenos de secano, ya que admite el sustento de la ganadería y la obtención de cosechas cerealistas a la vez que acoge una rica comunidad de fauna silvestre.

La encina alcanza en condiciones naturales 1,5 metros de diámetro en el tronco, 20 metros de altura y llega a vivir más de 800 años. Soporta temperaturas altas y bajas, resiste el azote del viento y de los violentos aguaceros invernales, y rebrota vigorosamente tras los incendios. Los restos de sus hojas y ramas abonan el suelo y con su ramaje lo defiende del efecto del sol, la lluvia y el viento. Las bellotas, que maduran desde octubre hasta diciembre, alimentan al ganado y a la fauna silvestre durante el invierno. Sus ramas y tronco sirven de soporte y guarida para la fauna. Sus profundas raíces bombean agua y nutrientes desde el subsuelo, poniéndolos al alcance de las cortas raíces de las plantas herbáceas y permitiendo el desarrollo de un pastizal de gran interés ganadero que han aprovechado desde antiguo las razas ganaderas autóctonas, algunas de ellas en franco declive o al borde de la extinción, como la vaca blanca cacereña.

La densidad de encinas en una dehesa suele situarse entre 35 y 50 pies por hectárea, con una producción media de bellotas de 500 kilos anuales por hectárea. Esta producción es aprovechada principalmente por el cerdo ibérico, cuya cabaña resultó muy mermada a partir de 1960 debido a la introducción de la peste porcina africana, provocando indirectamente la pérdida de valor del vuelo de la encina, lo que indujo a muchos propietarios a sobrepodar o talar el arbolado para resarcirse de las pérdidas económicas. Actualmente la región está libre de esta enfermedad y la cabaña porcina se recupera, lo que sin duda podrá beneficiar a la conservación del arbolado.

La agricultura en las dehesas está enfocada a la obtención de forrajes y cereales-pienso como suplemento alimenticio a la ganadería. Los campos más fértiles pueden cultivarse durante varios años seguidos, rotando cosechas de cereales (trigo, cebada y avena) con otras de leguminosas con el fin de nitrogenar los suelos. Pero lo más frecuente en la dehesa es que se recurra al sistema de barbecho, característico de las tierras pobres y poco profundas. Después de un año de añada o año de cosecha, el campo se deja de cultivar otro año (cultivo de año y vez) o varios (cultivos al medio, al tercio o al cuarto). En la dehesa este periodo de descanso de la tierra suele estar entre los cinco y siete años. La mecanización del campo, junto con el sobrepastoreo, son factores que están impidiendo el desarrollo de renuevos de encina, uno de los principales problemas de la dehesa en la actualidad.

Además en la dehesa se producen otros variados aprovechamientos, todos ellos, cuando se realizan de modo tradicional (entendido este como durable), no sólo compatibles con la conservación de la biodiversidad de estas formaciones sino también necesarios para mantener su estructura, como la producción de leña y carbón, la extracción del corcho y la apicultura, además de otros usos de carácter más puntual (fabricación de herramientas con madera de encina, aprovechamiento de plantas aromáticas y medicinales, setas y otros productos naturales, etc.).

Tras la poda de las encinas, que se efectúa de diciembre a febrero, la leña es acumulada en una zona previamente aclarada y colocada en un cúmulo de unos 15 metros de diámetro y varios pisos o tandas de leños, que son cubiertos por un manto de retamas o jaras y una capa final de tierra menuda, en la que se abren las lumbreras para propagar y graduar la combustión. La carbonera debe ser vigilada y atendida permanentemente durante unos 24 días, extrayéndose finalmente el carbón.

Cada nueve o diez años los alcornoques proporcionan una producción de corcho, cuya extracción tiene lugar durante el verano, época en la que, careciendo de humedad, se desprende mejor. El tronco queda con un característico color rojizo que irá oscureciendo con el paso del tiempo para adquirir un tono gris a medida que la nueva corcha crece. La saca del corcho exige pericia y maestría, pues de lo contrario el árbol resultará dañado. El corcho, tradicionalmente aprovechado para la fabricación de tapones y enseres artesanales, en la actualidad se utiliza además como aislante térmico y acústico en la construcción, como material de flotación, elaboración de calzado y telas, decoración, etc.

Las dehesas, en muchos casos propiedades muy extensas, han sido dirigidas tradicionalmente desde el cortijo, reminiscencia de la villa romana. Su estructura suele constar de patio o corral que sirve de elemento de distribución para los edificios, diferenciados según sus funciones: aposentos de propietarios, administrador, guardas, boyeros y pastores; naves para el ganado estante; cuadras de ganado de tiro y monta; doblados para almacén de grano; capilla; etc.

La gran fauna alada que se reproduce en los roquedos y bosques de las sierras utiliza las dehesas como zonas de campeo en busca de alimento, como los buitres leonado y negro, el alimoche, las águilas real, perdicera, imperial y culebrera. Los primeros sobrevolarán los campos distribuidos sobre una ancha extensión en busca de ganado muerto, las segundas otearán en solitario, bien desde el aire bien desde quietas atalayas, atentas al movimiento de sus presas entre las esparcidas encinas. Pero además, la dehesa acoge una gran diversidad de especies orníticas, como son: elanio azul, ratonero común, milanos, grulla común, rabilargo, abubilla, paloma torcaz, etc. Entre los mamíferos más frecuentes en las dehesas cabe citar al lirón careto, el erizo común, la comadreja y la gineta. Los reptiles están representados por las culebras de cogulla, bastarda, de escalera y de herradura, el lagarto ocelado y las lagartijas colilarga y cenicienta, además de la culebrilla ciega, siempre bajo tierra. También de hábitos excavadores son algunos sapos típicos de este biotopo, como el de espuelas y el partero ibérico.

Elanio azul. Dibujo de José Antonio Palomo.
En cortijos y edificaciones agroganaderas pueden encontrarse algunas especies faunísticas que aprovechan las distintas dependencias y estructuras para reproducirse o cobijarse, como son estorninos, cernícalos, cigüeña blanca, mochuelo, lechuza, golondrinas, avión común, carraca, gorriones, murciélagos, ratones, salamanquesas, lagartijas y culebras. Las paredes de piedra que limitan propiedades o cuartean éstas, son verdaderos setos vivos utilizados por ratones, abubillas, lagartos, lagartijas, culebras y sapos como lugar de reproducción o para invernar y estivar.

Pared de piedra y dehesa. Pintura de M. Sosa.

La sierra

La actividad del hombre a lo largo de la historia ha generado cambios en la distribución y la estructura del bosque y matorral mediterráneos. La agricultura, los efectos de las guerras en la Edad Media, la intensa actividad ganadera de La Mesta o las modernas transformaciones del campo han acabado por reducir las grandes masas de vegetación a las zonas de relieve más accidentado y suelos más pobres.

Las sierras se distribuyen por el territorio extremeño en amplias zonas, como es el caso de Las Villuercas, la Sierra de san Pedro o La Siberia, o a manera de islas en medio de dehesas o zonas de cultivo, como las sierras de Montánchez, Hornachos y Navalvillar de Pela. Las altitudes alcanzadas no suelen superar los 600 metros, aunque en Las Villuercas, Montánchez y Tentudía las cumbres cimeras superan los 1.000 metros sobre el nivel del mar, lo que permite la presencia de manchas de rebollo y castaño, especialmente en la primera.

Los afloramientos cuarcíticos de las sierras presentan gran cantidad de pequeñas cuevas y abrigos rocosos que fueron utilizados por sus primeros habitantes desde el Paleolítico hasta la Edad del Bronce, dejando plasmadas en las paredes pinturas esquemáticas que representan su organización social y su actividad cinegética. Sobre los puntos más elevados y estratégicos se asientan también las ruinas de los antiguos castillos árabes y cristianos, construidos por los primeros a medida que conquistaban el territorio y remodelados por las órdenes militares encargadas de la defensa de los enclaves reconquistados.

Los roquedos de estas sierras ofrecen escasos recursos tróficos, ya que son pocos los vegetales que consiguen sobrevivir en un medio tan adverso, y por tanto los animales herbívoros esquivan estas zonas abruptas y pobres en nutrientes. Sin embargo, la fauna encuentra en los roquedos un lugar idóneo donde reproducirse o cobijarse, especialmente las aves, que nidifican en pequeñas oquedades y grandes salientes, disfrutando de la seguridad que les ofrecen las inexpugnables paredes verticales, aisladas por la impenetrable vegetación de las laderas.

Nido de águila real. Pintura de J. Projecto.
Gracias a su dieta, principal o exclusivamente insectívora, algunas especies de aves mantienen prácticamente toda su actividad en los roquedos o sus proximidades, como la chova piquirroja, la collalba negra, el roquero solitario, la golondrina dáurica, el avión roquero o el colirrojo común. Sin embargo, las grandes especies depredadoras y carroñeras aprovechan el roquedo sólo como lugar de nidificación, utilizando los bosques, dehesas y cultivos colindantes como zonas de campeo. Entre ellas destacan el buitre leonado, el alimoche, las águilas real y perdicera, el halcón peregrino, el búho real y la cigüeña negra.

El Salto del Gitano, en Monfragüe.
Pintura de José Antonio Palomo.
La orientación de las sierras expone laderas al sur (solanas) y al norte (umbrías), lo que produce notables variaciones en la insolación recibida, que se traduce en diferentes grados de humedad y temperatura. Por este motivo, la vegetación que se asienta en una y otra vertiente de las sierras está compuesta por especies distintas. En las umbrías predominan el alcornoque y el quejigo, especies arbóreas que en las espesuras más vírgenes alcanzan buen porte, acompañados por arbustos de apariencia lauroide, como el madroño, el durillo, el labiérnago, la cornicabra, el lentisco y el mirto. Todas ellas alcanzan una alta cobertura, impidiendo la penetración de los rayos de sol hasta el suelo, lo que facilita el mantenimiento de la humedad pero dificulta la posibilidad de desarrollo de nuevas plantas. Para resolver este problema las especies producen carnosos frutos de vivos colores que envuelven las semillas, que acabarán siendo dispersadas a través de las deyecciones de las aves. En las solanas la especie arbórea predominante es la encina, acompañada por acebuches. Entre los arbustos y matorrales destacan peruétanos, majuelos, retamas, ahulagas, jaras y brezos. La jara pringosa ocupa generalmente laderas que han sufrido incendios y otras alteraciones, pues se regenera bien incluso en suelos muy pobres. El cantueso, el romero y el tomillo, frecuentes en las solanas más abiertas, han sido utilizadas desde antiguo como soporte aromático para evitar los fuertes olores de las carnes cinegéticas y otros usos culinarios.

En las copas de los árboles más dominantes del tupido bosque nidifican dos especies emblemáticas de la fauna mediterránea: el águila imperial y el buitre negro. Ambas mantienen en Extremadura importantes poblaciones, ocupando principalmente las áreas del Parque Natural de Monfragüe y la Sierra de san Pedro. Pero también otras rapaces acuden a Extremadura desde sus zonas de invernada para reproducirse, como son las águilas culebrera y calzada, los milanos negro y real, el azor y el gavilán. Estos últimos prefieren las manchas más tupidas de vegetación arbórea, donde capturan con vuelo preciso medianas y pequeñas aves, entre las que se encuentran arrendajos, mirlos, zorzales, currucas, ruiseñores, petirrojos,... La alta diversidad de especies orníticas del bosque y matorral mediterráneos exige la especialización en el aprovechamiento de los recursos tróficos. Así, las pequeñas aves sedentarias y estivales basan su dieta en los insectos. Los pájaros carpinteros los capturan taladrando la corteza de los árboles y agujereando las troncas semipodridas, mientras que agateadores, trepadores y torcecuellos los buscan en la superficie de los troncos y ramas guías. Herrerillos y carboneros se mueven continuamente entre las hojas en busca de pequeñas presas y los papamoscas capturan al vuelo los insectos alados. La fructificación otoñal de la vegetación facilita alimento a las aves sedentarias e invernantes, cuya dieta se basa entonces en semillas y frutos. Las grandes aves como buitres y águilas, sin embargo, vuelan a diario hacia zonas abiertas de dehesa y pastos en busca de carroñas o presas.

Entre los mamíferos de las sierras destacan, por su importancia cinegética, el ciervo y el jabalí que, como la mayoría de los mamíferos, permanecen ocultos entre el monte espeso durante el día. La berrea delata a los primeros allá por el mes de septiembre, mientras que los segundos dejan sobradas huellas de su paso en revolcaderos y arrascaderos. Si la presión cinegética ha perjudicado a especies hoy amenazadas y antes consideradas despectivamente alimañas, también es constatable que en enclaves serranos de tradición cinegética subsisten poblaciones de especies protegidas y amenazadas de extinción. En Las Villuercas permanece una buena población de corzo, única área de su distribución en Extremadura. Más frecuentes son el lirón careto, el meloncillo, la gineta, el tejón, el gato montés y el zorro.

Jabalí. Pintura de M. Sosa.
Las solanas, precisamente por su exposición a los rayos solares, reúnen las condiciones ideales para los requerimientos térmicos de los reptiles, siendo habituales las culebras lisa meridional, bastarda y de escalera, el lagarto ocelado y las lagartijas colilarga e ibérica. La víbora hocicuda, sin embargo, es rara y suele estar relegada a zonas umbrosas y poco frecuentadas.

Víbora hocicuda. Dibujo de José Antonio Palomo.
La explotación tradicional de estas zonas de sierra incluye la silvicultura, con el aprovechamiento de leñas y la saca del corcho, el pastoreo con cabra y la apicultura. Es este último un uso muy antiguo en Extremadura y puede considerarse una ganadería extensiva. Su explotación puede ser fijista o movilista, ubicándose las colmenas en zonas con una alta cobertura vegetal. Las abejas, que cumplen un importante papel ecológico al incrementar la fecundación vegetal mediante el transporte de polen de unas flores a otras, producen además beneficios económicos a través de la miel, el polen y la cera.

La montaña

El espinazo de Gredos se adentra en Extremadura dibujando con su cuerda el límite noreste de la región y dando después paso a valles y elevaciones hasta tocar con Portugal. En esta amplia cortina serrana se alcanzan las mayores altitudes en tierras extremeñas, con su cota más elevada en el pico Calvitero, de 2.425 metros.

Estas comarcas, tal vez por sus peculiaridades orográficas, tal vez por tratarse del último extremo, han conservado modos y maneras bien distintos del resto de la región, aunque también entre ellas existen significativas diferencias. Los rasgos comunes vienen dispuestos por las características de las explotaciones agrícolas y ganaderas típicamente montañesas, tanto como por los núcleos urbanos de reducidas dimensiones y abancalados en las laderas, conservando una arquitectura rural de gran interés. Así, en las comarcas de La Vera, Valle del Jerte, Ambroz y Gata encontramos estrechas y elevadas callejuelas con sencillos soportales de roble o castaño y viviendas de adobe con refuerzos de madera. En Las Hurdes, sin embargo, la carencia de otros materiales ha obligado al uso casi exclusivo de la pizarra, repitiendo una tipología ancestral.

La vertiente extremeña de Gredos, precisamente por su orientación hacia el sur y lo abrupto de su desnivel, recibe la benigna influencia atlántica que confiere a esta zona una climatología con elevada pluviosidad y suaves temperaturas. El granítico paisaje de las cumbres queda cubierto por la nieve durante los meses fríos, sepultando los resistentes piornos y ocultando las lagunas que aún dan fe de los antiguos glaciares. A medida que las nieves se retiran dejan los pastizales de cervuno al descubierto y las cabras monteses recuperan sus encastillados dominios. Garganta arriba acompañan las estrechas sendas de los pastores para alcanzar la majada todavía habitada o los viejos chozos. También encontraremos aquí, amén de las monteses, al águila real, al roquero rojo, al pechiazul o al mirlo acuático. Reptiles y anfibios, al margen en estos confines de la persecución humana, están bien representados con la lagartija serrana, la víbora hocicuda, el lagarto verdinegro, la rana patilarga, la salamandra común y el sapo común, estos dos últimos con poblaciones de subespecies endémicas y escasas en las lagunas de Gredos.

En el profundo y extenso valle del Jerte el robledal de las laderas está siendo sustituido por plantaciones de cerezo que, para mejor sustento, son precedidos por el abancalamiento del terreno, evitando su arrastre con inverosímiles paredes de cantos rodados en las zonas próximas al río y con las rocas resultantes de la limpieza del terreno más arriba. Tal cultivo, generalizado y casi exclusivo, produce una explosión de flores blancas en los primeros días de primavera, confundiéndose a veces con las todavía nevadas cumbres del fondo del valle. Pero también el otoño trae gratos colores amarillentos, pardos y rojizos, con las hojas que van secando de robles y castaños. Estos últimos, introducidos probablemente en la zona por los romanos, se asientan principalmente en laderas y vaguadas de las umbrías aquí y en la sierra de Hervás. Rugientes gargantas, como la de los Infiernos, arrastran límpidas y velocísimas aguas repletas de truchas.

Paupérrimos suelos de pizarra han limitado las posibilidades agrícolas y ganaderas en Las Hurdes. Agrupadas colmenas se distribuyen entre las manchas de brezo y jara, que invaden las repentinas laderas. Y en escondidos rincones algunas chorreras se abren camino hacia los serpenteantes cauces. Diminutos huertos ganados con esfuerzo a la pizarra humanizan el paisaje, modificado en las zonas más bajas por repoblaciones de pino que conectan con la Sierra de Gata.

En Gata, comarca rayana con Portugal, las cumbres de su sierra distribuyen aguas hacia la cuenca del Duero, al norte, y hacia el Tajo. A pesar de que su altitud máxima se encuentra en el pico La Boya, con 1.519 metros, las nieves hacen acto de presencia en los inviernos más fríos. En el blanco manto quedaban grabadas las huellas del lobo en épocas no muy lejanas, pues hasta bien entrada la década de los sesenta fueron frecuentes sus aullidos en la sierra. Finalmente, víctimas de la presión humana y perseguidos por los tíos loberos, que exhibiendo sus víctimas buscaban dádivas entre los vecinos de los pueblos próximos, aquellos míticos animales desaparecieron de estos y otros muchos montes de Extremadura. En Gata, sin embargo, se continuó avistando algún que otro ejemplar, posiblemente en tránsito entre las poblaciones de la Sierra de san Pedro y de la Culebra, en Zamora. El desconocimiento de las especies, la falta de concienciación sobre la importancia del mantenimiento de la biodiversidad y, sobre todo, una mala comprensión de la pretendida competencia de determinadas especies depredadoras frente a los intereses de los grupos humanos, ha llevado a muchas especies al borde del exterminio, cuando no a la desaparición total. Otro de los mamíferos que estuvo perseguido bajo la etiqueta de "alimaña" fue el lince o lobo cerval, desaparecido ya de Extremadura y prácticamente del resto de la Península Ibérica, de donde es endémico.

Lobos. Pintura de M. Sosa.
Sobre las copas de los pinos o sobre robles, los buitres negros construyen sus amplias plataformas de nidificación hacia finales del año, siendo sorprendidos por alguna nevada durante el proceso de incubación.